Madrugada del viernes, después de la función, después de tres Jameson, una promesa incumplida y una cerveza colorada, le pregunto a Funkhouser sobre esta chica porque creo que es lesbiana y yo nunca mido bien con las lesbianas. Hay suspenso. Segundos de suspenso. Entonces corta el semáforo y Funkhouser dice “Mirá, yo soy un esteta” pero puede que diga esteticista o estadista y todas son opciones válidas. Ese es el problema con los poetas. La cosa es que al otro día le saco el techo al auto y la paso a buscar. Hace un calor asesino. Tengo el aire al tope de la perilla y nada. Ella es divertida, casi expat, estilizada y su voz suena bien. Me gusta que no pregunte adónde vamos. Voy, vengo, doblo, vuelvo a doblar. Trato de circular por calles con sombra. Finalmente estaciono detrás del club donde un caballo, una vez me sacó a dar vueltas enganchado de un pie al estribo. Pongo Rockas Vivas en cassette y ella cuenta que hay una chica en su país llamada Larisa La Roquera que canta Perdiendo el Control. Pura provocación. Entonces se acerca un Honda Fit. Por la ventanilla aparece la cara media polarizada de una señora. Pregunta si estoy estacionado. Miro alrededor, miro el cielo. Resulta que sí, estoy estacionado. Nadie puede hacer preguntas tan pelotudas. Entonces no es una pregunta, es una señal. Arranco, voy hasta Recoleta, vuelvo, doblo en Olleros y entro al hotel dónde solía llevar a una directora de teatro chilena. El lugar está cambiado, modernizado con revestimientos de piedra y blindex. Sacaron también al viejo que daba una tableta de acrílico y tres caramelos. Ahora hay una morocha putona que debería ser ofrecida como add-on. Con hidro $250. Con hidro y la morocha $450. Subimos por el ascensor. El viaje dura un piso pero suficiente para que ella pregunte si ahí meto a todas las chicas. Abro la puerta. El hidro es grande. La morocha entraría seguro. Me pongo a trabajar con las luces y consigo un nivel aceptable de penumbra. Es raro pero siento que tengo tiempo así que bajo y me quedo un rato largo hasta sentirla acabar. Después subo, me pongo un Prime y entro despacio. Ella traba las piernas alrededor de mi cintura y de alguna forma se convierte en algo excitante, para analizar con la terapeuta que no tengo. La siento acabar otra vez y una más y después decido ponerla en cuatro pero ahí decae. Está preocupada, creo, aunque en ningún momento le di a entender que iba a necesitar hacerle la cola. Total que vuelvo a las posiciones comprobadas y llego exactamente al borde. Más que eso, miro abajo y dejo fluir el vértigo. Ahí me doy cuenta que no, que es una lástima, un desperdicio y me saco el Prime y le pido que se la ponga en la boca. La chupa muy bien: la boca suave, la mano con presión. No pasa mucho tiempo antes de lograr ese efecto, el precipicio, ahora sí me caigo, es una caída libre de 1000 metros. Podrían ser más, 2000 o 3000 incluso pero ella se corre justo en el momento. Es algo que hacen las chicas ahora. La mayoría por mala información, unas pocas por perversidad. En fin, estuvo cerca de ser muy bueno. Lleno el hidromasaje y empiezo a silbar Perdiendo el Control, versión original, mientras ella cuenta sus experiencias lésbicas. Por la noche tengo un evento y creo que a esta altura debería parar, la inercia va a terminar generando más cosas de las que necesito. Duermo cuatro horas, quizás menos y suena el despertador. Hay una morocha en la cama. Me putea. Es todo lo que voy a decir de ella. El pronóstico indica lluvia, altas probabilidades y nada peor para las motos clásicas que el asfalto mojado pero es un pronóstico después de todo y salgo igual, cargo el tanque y me encuentro con los amigos de ruta. Juntamos gente en cada parada y llegamos con cuarenta motos a los piletones. Encontramos un boliche sobre la rotonda y pedimos que nos cambien la música, que enciendan la parrilla, que nos dejen entrar a la pista de karting. Prometemos no más de cinco motos por carrera, que vamos a usar casco y que no vamos a apostar. Acelero en busca del pozo y ahí sí, llego a los 3000 metros. Seguro.
3000 metros, seguro
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Publicado en: Crónicas
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