Manussone, mi amigo de los 90

Amigo de los noventa

Conocí a Manussone una tarde de Junio, allá por los años noventa. Yo trabajaba como soporte técnico de un software antivirus y él correteaba equipos de comunicaciones.

El gerente le había dicho a Manussone que podía disponer de mi ayuda para un proyecto nuevo, entonces ahí estaba en la puerta de mi oficina, tratando de hacer valer el aval. Yo agarré la agenda, pasé hojas en blanco y más hojas en blanco y al final le dije que tenía libre el  1 de Diciembre. Le pregunté si le quedaba bien a eso de las 10 de la mañana.  Manussone salió apretando los dientes.

Al día siguiente apareció en la oficina y probó con otra técnica. Me ofreció importantes comisiones si el contrato se cerraba. Yo estudiaba letras y tocaba la trompeta. No tenía ningún interés especial en la plata. Lo iba a ayudar únicamente si me caía bien.

Y a la larga me cayó bien. Apareció otro día y otro. Era un tipo divertido, rápido, desmesurado, tenía esa habilidad para generar código. Salimos una noche con un técnico israelí, su novia millonaria, mi novia bohemia, una amiga fea de su novia millonaria, una amiga narigona de mi novia bohemia. Era mucho esfuerzo mantener esa maquinaría funcionando. Así que llamé al mozo y le pedí dos botellas de vino. El estaba ahí atento. “Que sean cuatro”, dijo. Después no me acuerdo muy bien. Sé que sacamos arando los autos en el medio de una lluvia torrencial y que terminamos fumando habanos y haciendo planes a futuro en el vip de un boliche por la plaza Serrano.

El futuro llegó bastante rápido. Manussone dejó de tomar colectivos y se compró un auto. Después armó un equipo de ventas y empezó a facturar números inquietantes. Compró uno, dos, tres departamentos, compró un Audi A3, un reloj Omega Speedmaster. Conocía gente en todos lados, a todas horas. Tenía una red de contactos que abarcaba desde un changarín del puerto hasta policías y jueces de la corte suprema.

Manussone me acompañaba a EEUU  y yo lo dejaba solo en Boca Ratón o Coral Gables, quería ver como se arreglaba para generar simpatía sin conocer el idioma. Él entonces bajaba del descapotable y hacía sus trucos, gesticulaba, sonreía, metía un diálogo de Carlitos Way y siempre, siempre, siempre, conseguía lo que estaba buscando. Una noche en un boliche de Collins Ave se estaba celebrando la fiesta de MTV. Sólo se podía ingresar con invitación. Tardó cinco minutos en pasar del otro lado. Y otros cinco minutos en hacerme pasar a mí porque Manussone era además un buen amigo, un tipo generoso y motivador que siempre te hacía sentir reconfortado. Y no era por todo lo que pudiera dar y regalar, era por esa actitud, era una forma de pararse frente a la vida y el destino, una forma irreverente. Estabas con él y te parecía que las cosas estaban ahí, que todo podía tocarse y agarrarse.

Un día estábamos emborrachándonos en su oficina. En la radio pasaban un tema de Bob Dylan. Hablamos del alcohol, de la nobleza del alcohol. El entonces me contó que muchos años atrás había probado cocaína y que había un solo problema con la cocaína “Es muy rica”

Yo estaba borracho pero igual entendí que las palabras de Manussone eran la mismas palabras de Hunter S. Thompson. Para vivir al borde, primero tenés que pasarlo. Y entonces volvés y te quedás ahí, haciendo equilibrio.  Pero claro, cuidado con caerte.

Después chau familia, chau empresa. Manussone se mudó a un departamento frente al Zoológico y  gastaba $300 en Sushi todas las noches o llamaba tres putas de lujo, las sentaba en el comedor y se ponía a tocar el piano o armaba un stand de tres pisos en la expo de Costa Salguero con un barman cubano y se paseaba del brazo de una ex modelo.

Pero si mirabas con atención, podías ver sus ojos flamear sobre un fondo blanco.  Podías ver su propia imagen cayendo en un espiral de deudas, peleas, juicios y desamor. Yo lo vi, al menos. Entonces vino un día y me pidió “algo de cash, para el viaje… te lo devuelvo la semana que viene”  Y me agarré de eso para soltarle la mano. Me agarré de ese detalle, porque sabía que no iba a poder devolvérmelo, tampoco iba a poder sincerar el estado de las cosas. Claro que después me arrepentí y lo llamé. Quería decirle que no necesitaba devolverme la plata pero nunca respondió mis llamados.

Alguien me dijo que vio a Manussone por Ciudadela. Se rapó la cabeza, tiene un brazo enyesado y está tratando de salir adelante con la venta de celulares.

Todo es más difícil ahora. Las cosas siguen estando ahí, al alcance, pero hay un vidrio, un vidrio grueso y hace frío en verano y ya no entiendo la música que pasan en la radio.

Sobre nosotros

Roni Bandini es un escritor argentino, autor de El Sueño Colbert, La Gran Monterrey, Crónicas sin Gloria y Derecho de Autor. Ver libros de Bandini en Amazon - Contactar a Roni Bandini en privado

Etiquetado con: Audi, Autos, Bob Dylan, Boca Ratón, Carlitos Way, cocaína, Coral Gables, Hunter S. Thompson, Manussone, Miami, Omega Speedmaster, Popular, Recomendado, Sushi
Publicado en: Crónicas

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