Bajar ebooks gratis de Internet

Bajar libros digitales gratis de Internet

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Bueno, te compraste el ebook reader – el Kindle o el Sony o el Nook – cargaste la batería y ahora te estás preguntando cómo hacés para bajar libros en español de Internet.

No es tan fácil ubicar sitios que contengan buenos libros en español para descargar. Existe un motivo: hay pocos libros digitales interesantes y legales ya sea para descargar o pagar. Los sitios con contenido ilegal no duran y cuando son dados de baja arrastran los títulos legales que también listaban.

Para ubicar buenos libros digitales hoy en día es necesario recurrir a:

Torrents: conectate a http://www.torrentz.com y realizá una búsqueda al estilo “ebooks spanish” Hay un buen torrent de 500 ebooks que contiene Bukowski, Cortázar, Orwell, Asimov, Ruben Darío, Kafka, Borges, Rulfo, Tolkien, Twain, etc Para no disminuir tu Karma-rate, si el autor del libro está vivo, aconsejo que compres luego el libro en su edición papel.

Quedelibros: el sitio http://www.quedelibros.com – ex cuantolibro.com – contiene una gran colección de buenos libros de autores actuales. Es posible buscar por título, género y autor. Aparecerá una serie de links que apuntan a otros sitios. Tenés que copiar dicho link y abrir una nueva ventana del navegador para bajar los ebooks. Hacé lo mismo del caso anterior para no disminuir tu Karma-rate.

Kindle Store: los libros en español aparecen bajo la búsqueda siguiente: http://www.amazon.com/s?ie=UTF8&node=154606011&redirect=true&sort=daterank&p%5F20=Spanish

Lulu: http://www.lulu.com contiene una gran colección de ebooks legales. Algunos se pueden bajar gratis y otros sólo están en venta. Tal es el caso del famoso libro Miami Gratis o Barato, ehem.

Y por último, un regalo para todos los dueños de ebook readers, las crónicas de Roni Bandini en formato pdf y epub, ideal para Sony Reader, Kindle y Nook.

Bajar ebook gratis Crónicas de Roni Bandini en PDF (Sony Reader y Nook)

Bajar ebook gratis Crónicas de Roni Bandini en ePub (Amazon Kindle)

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Club Paradiso

Club Paradiso Canasvieiras

Club Paradiso Canasvieiras

Había terminado los 500 tests del examen psicotécnico para mi primer trabajo en sistemas y se suponía que tenía que empezar en Diciembre. Ya había trabajado cargando cajas en una juguetería y de encargado en un local de ropa de mujer pero ese iba a ser mi primer trabajo importante, el que mi vieja iba a poder comentar con las amigas de tenis.
Entonces llamó Rama y me contó que estaba por viajar a Florianópolis para abrir una disco llamada Club Paradiso y me preguntó si lo podía acompañar, dijo que necesitaba ayuda con el portugués pero creo que necesitaba más bien una persona en quien confiar. Fue uno de esos momentos, sabía que estaba por hacer las cosas mal pero las tenía que hacer así de cualquier manera. Cargué el bolso verde, agarré la guitarra y me fui con Rama.

Sabía que Rama había estado trabajando en cosas grandes pero cuando llegamos igual me impresioné con esa terrible propiedad sobre el mar con habitaciones, balcones, salas, sótanos, rincones y una bajada majestuosa a la arena. La casera nos mostró dónde estaban las llaves de luz, el corte de agua y el cartel gigante que decía Club Paradiso – lo habían bajado por el viento -

Comimos unas pizzas y nos acostamos en la mejor habitación de la casa. Se escuchaban las olas rompiendo y la ventana no tenía cortinas así que entraba la luz de la noche. A eso de las cuatro escuché unos ruidos y me desperté. Rama no estaba. Lo había visto nervioso y pensé que andaría por la casa ordenando. Bajé dispuesto a darle una mano y lo encontré en la planta baja cabalgándose a la casera contra unos cajones de cerveza. Siempre estoy atento para ver qué se puede hacer, yo le digo optimismo, una psicóloga lo rotuló inseguridad y más tarde, cuando empezamos a salir culo-veo-culo-quiero. La cosa es que nunca se me hubiera ocurrido que la casera era una posibilidad. Debía tener 40 años para 48, era ideal para un casting de tías cosiendo a máquina. No digo que me pareció mal, al contrario, me pareció bien, muy creativo, como sacar agua de las piedras.

A la mañana siguiente estaba leyendo en el balcón y escuché que aplaudían. Era un aplauso insolente. Fui a ver y ahí estaban estos pibes con bolsos y gorritas y aros. Querían entrar. Decían que habían alquilado una barra. Yo no estaba al tanto de nada y Rama había salido así que los tuve esperando al sol unas dos horas. Ahí llegó Rama y los dejó pasar. Los pibes tenían la nuca colorada y estaban transpirados como cerdos. Se quejaron, que cómo puede ser, que ellos pagaron y que habían dicho que llegaban a tal hora. Yo seguí tocando la viola sobre la hamaca paraguaya. Después llegaron más pibes y más y la casa se llenó de una horda invasiva. Rama les había prometido un excelente negocio, alojamiento incluido, mujeres, mar y diversión. Resultó que la casa no tenía suficientes habitaciones para alojarlos a todos. Fuimos al centro a comprar colchones y había que verlos durmiendo como indocumentados africanos, usando de almohadas las chombitas Abercrombie.

Las obras de apertura avanzaban lentas, tan lentas que no parecía haber ningún progreso y los pibes que llegaron primero – yo los reconocía por el olor a AlivioSol – empezaron a organizar una especie de sindicato y venían con una lista de reclamos y los reclamos eran razonables pero Rama en seguida desarmaba la protesta con unos argumentos muy buenos. A los cinco minutos ya no eran tan buenos y los pibes volvían a refutarlos pero Rama puso esa regla de “1 día, 1 reunión” de modo que no podían hacer otra cosa que caminar por las instalaciones con cara de orto. Yo particularmente les daba mucha bronca. No sé si les jodía que estuviera ahí pero no formara parte de eso. Entonces los veía cargando mesas y me echaba en la hamaca paraguaya a leer el mismo libro de Schopenhauer y a fumar pipa.

Estábamos yendo a buscar el “Alvará municipal” – un permiso para abrir la disco que se tramitaba en una galería de tatuajes con un empleado recostado sobre una reposera fumando maconha – cuando Rama sacó el tema aquel del sindicato y me preguntó si no conocía a alguien de confianza para traer como Seguranca. Por aquel entonces yo practicaba Capoeira y el mestre se llamaba Cary y era un tipo con sus bemoles pero tenía mucha calle y por lo tanto mucho código. Además conmigo se había portado muy bien, me enseñó su arte y me entregó varias alumnas. A los dos días caminábamos por la casa con guardaespaldas. Claro que había tipos más grandotes, el de la barra al aire libre de hecho medía como dos metros pero nadie se metía con Cary. Tenía la mordida invertida y los ojos eran respiraderos del infierno. Había estado ahí. Todos lo sabían. No sé si para impresionar pero un día se sacó la remera y tenía todo el cuerpo quemado. Esas cosas impresionan. La gente debía imaginar que alguien lo había rociado en nafta para hacerlo confesar y el tipo estaba ahí así que evidentemente no había confesado. Tuve guardaespaldas dos veces en la vida y debo decir que es una linda sensación. Es mejor que tener un buen abogado. Los abogados son tipos muy calculadores, a las siete se van y nunca te meten en un taxi cuando estás vomitado.

A poco de la inauguración el DJ no había llegado, el cartel seguía volteado y enterrado en la arena, el Alvará no salía, los tapones saltaban cuando encendían dos lamparitas de 60 watts al mismo tiempo y por ende el sindicato estaba tramando colgar a un empresario de la noche, a un lector de Schopenhauer y al guardaespaldas capoeirista.

Con la casa hacinada y los ánimos caldeados Rama alquiló una casa panchita ahí a tres cuadras. Le decíamos “el refugio” y la idea era que los pibes del sindicato no supieran dónde estaba. Así que para hacer esas tres cuadras siempre dábamos un rodeo de 15 minutos. En la casa sobraba una cama y un amigo de Lanús de Rama andaba medio perdido y deprimido así que Rama le pagó el pasaje en micro y lo mandó a traer. Se llamaba Besarión y estudiaba en la UBA. Besarión dejaba cáscaras de naranja en el baño, tenía una mancha de tuco en la camisa y usaba mi toallón para limpiarse el culo pero me caía bien, cuando Rama desaparecía me quedaba charlando con él de libros, de aspectos curiosos de las cosas y las charlas podían seguir y seguir por horas. Además era bueno tener a alguien más de nuestro lado con eso del sindicato.

Lo que destrabó todo  fue el cartel. Era necesario subirlo y como Rama no iba a contratar una grúa no quedó otra que sumar fuerzas. Todos los pibes del sindicato sumaron fuerzas y Cary se sacó la remera y puso a trabajar sus músculos que eran como cables de acero y ahí apareció Rama y tiraba y Besarión y la casera y el DJ recién llegado y era tan emocionante ver a todos ahí que largué el Schopenhauer y me sumé a la tarea pero como no quedaba lugar me puse a tirar de la punta. La mole de 25 metros se empezó a columpiar sobre la base y pegó un rebote y se paró. Yo estaba en la punta y de repente me empecé a elevar, dos, tres, cuatro, seis, ocho metros. Si algo no quería era quedar en la cima como un gato idiota esperando a los bomberos así que tras una breve deliberación con mis neuronas asustadas me tiré. Caí del otro lado de la cerca, sobre un médano de arena ceca y reboté estilo Parkour y salí disparado hacia la orilla. A pesar de la espectacularidad de la caída desde mi punto de vista no fue gran cosa, caí, reboté, me levanté, agarré las ojotas, me sacudí la arena y volví caminando. Aparecí a los cinco minutos comiendo un Milho con manteiga. Los pibes del sindicato me miraban asustados.

Inauguró Club Paradiso y resultó que una rubiecita hermosa que me había apretado en la esquina tras decirle “Hola hermosa” era la novia del DJ y cuando saltó el tema, que yo era amigo de Rama la rubiecita no me dio más bola y emborraché con Cachaca mirando a la perrita bailar encima de un parlante. Besarión y yo estábamos en la entrada controlando, éramos la cara visible. La primera noche todo fue bien, la segunda noche un grupo de Paulistas querían tomar alcohol  por el importe de la entrada y no entendían el concepto de “consumición mínima incluida” así que hubo trompadas y la policía. La tercera noche vino el maconhero del Alvará a pedir plata y Rama no le dio así que cayó una inspección y Rama decidió cortar la luz para evitar la devolución de la plata. La gente nos reclamaba a Besarión y a mí. Pestanee y Besarión no estaba. Otro pestañeó y yo estaba perdido entre la gente volviendo al refugio. A la cuarta noche vino poca gente y los pibes de las barras organizaron un cónclave destituyente. A la quinta noche me hice un sampler de blow jobs con tres chicas de la zona que no tenían plata para entrar, atajé a una morocha que venía rodando por las escaleras desmayada, me arrodillé frente a la novia del DJ, vomité Cachaca, Cary frenó a un tipo que quería pegarnos un sillazo y era una silla dura, de buena madera, encontré a un tipo con espasmos y espuma en la boca y lo metí en un reservado del baño para no asustar a la clientela y cuando vi venir la camioneta del tipo del Alvará rajamos con Besarión rumbo al refugio. Ahí comí los mejores fideos a la crema de mi vida (Besarión tras cocinar secó la mesada con mi toallón, el mismo que usaba para limpiarse el culo)  Estábamos tomando una caipirinha sentados en el cordón de la vereda cuando vi pasar a uno  de los pibes del sindicato. El hizo que no nos vio pero me di cuenta que nos había visto. Le dije a Besarión que me iba a acostar un rato, junté mis cosas en el bolso verde, agarré la guitarra y me escapé por la ventana. Me tomé un taxi hasta la rodoviaria y ahí un micro hasta Camboriú.

Mientras pescaba con mi viejo pensaba en los chicos, en Rama y en Besarión y en Cary y esperaba que hubieran podido salir bien de ahí.

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Crónicas de Camboriú 9/?

Mujer Paulista con Tatuaje

Al año siguiente llegué a Camboriú un poco preocupado por encontrar todo diferente pero mi viejo estaba absolutamente recuperado, andando en moto, arreglando el techo, piropeando mujeres y me hizo ver  que la profundidad de las heridas es una decisión personal.

En uno de los departamentos de abajo estaba parando un pibe argentino, rubio de pelo largo. Se había fundido con un boliche cerca de Avenida Brasil y estaba liquidando su caja de CDs. Le compré algo de Pink Floyd y U2 y a la tardecita cuando estaba por salir, lo vi subiendo a una cupé Fuego y salimos juntos. En las treinta cuadras que hicimos hasta la punta se la pasó hablando de mujeres, que cómo le gustaban las mujeres, las cosas que había hecho con cuatro, cinco, seis mujeres a la vez, que se había fundido pero quién le quitaba lo garchado, etc, etc No le creí mucho pero pensé que igual iba a estar bien tener un compañero de salidas motorizado. Cuando pasamos frente a Baturité aparecieron dos mujeres de poster, esas mujeres que uno no sabe bien si está permitido tocarlas. Pero ahí estaban y se reían y nos miraban y le dije “Pará, pará” Estaban de su lado, el pibe clavó los frenos y bajó la ventanilla. Las chicas se acercaron y cuando estaba todo dado para esa charla relajada, ese diálogo sencillo de Brasil, simplemente hola-me-gustás-estamos-yendo-a-tal-lado, el pibe largó “Hola, ju, ju, vamos fazer un negozinho…” Llegué a pestañear y las chicas ya no estaban, habían desaparecido. Dimos unas vueltas por la zona y paramos a dos o tres grupos de chicas más pero siempre salía con el negozinho y se jodía el clima. No pudimos ganar nada en la calle y entramos a un boliche y ahí como la música estaba alta y no le escuchaban lo del negozinho conseguimos apretar a dos amiguitas de Curitiba. Volvimos a eso de las cuatro y el pibe estaba muy emocionado “Qué noche” decía y le pegaba al volante de la cupé Fuego. No me lo podía sacar de encima y era peor que la yeta, era la certeza de desaprovechar situaciones memorables por su idiotéz porque no era solamente el negozinho, tenía otras frases y todas ofendían a las mujeres, sin ir más lejos se comió dos cachetazos la misma hora.

Ahí estaba a la quinta noche de haber llegado, desesperado por tanta mujer desaprovechada, debían ser las nueve y ya le había dicho al rubio que no iba a salir, que me quedaba mirando la tele, que no me sentía bien. Entonces vino la novia de mi viejo y me golpeó la puerta de la pieza y apareció con una nena de 16 años, hermosa, pelo castaño lacio y perfumado, los labios rojos y la voz dulce. Me dijo que estaba alquilando abajo y que había venido con la familia y que le gustaba el rock. Tardé en reaccionar, no sabía si estaba soñando, si era una cámara oculta pero  la nena de 16 se sentó en mi cama así que agarré la guitarra y me puse a cantar los temas caza-bobas. Ella sonreía y cantaba alguna canción conmigo de Legiao, de Engenheiros y de Cazuza. Después le di un beso y cuando traté de sacarle la remera me dijo “Hoje nao” y no insistí, todo eso era muy raro, un delivery de nena-hermosa-irreal. Bajó las escaleras y me tiró un beso volador y los otros días no nos coincidieron los horarios, yo salía, ella entraba, ella entraba yo salía y al final se fue y nunca más la vi.

La semana siguiente me fui hasta la playa con una novela rusa bastante pesada y pasando la plaza Tamandaré vi a esta preciosura en minishort, cerré la novela y me puse a perseguirla sin otro propósito que desmitificar su belleza. Medía 1,70 y era una escultura de Rodin mejorada con una cola publicitaria y un tatuaje en la cintura. Ella se dio vuelta y me miró y se tropezó, entonces me dijo “Tua culpa” Me puse a la par y hablamos todo el camino hasta el Marambaia y toda la vuelta hasta la plaza y le compré un helado y tomamos helado y seguimos hablando y no podía hacer otra cosa que estar ahí con ella. Ni siquiera miraba otras mujeres, lo cual era muy difícil en Camboriú por aquel entonces. Se llamaba Simone Vieira Santána, era paulista, tenía 22 años y estaba en la universidad y la madre había muerto y el padre era medianamente alcohólico y el novio se drogaba. Sin ir más lejos ella se había escapado sola a Camboriú para perderlo, para respirar un poco “Ele e muito ciumento” Lo llamó desde un teléfono público y mirandome fijo le dijo que ya no quería verlo, después nos fuimos a comer y a tomar algo y a mi casa y me di cuenta, me voy, me voy, pensaba y me perdí en esa belleza, como un idiota, como el mismo pibe del primer viaje.  Pasé una semana con Simone, todos los minutos, todos los pensamientos y un día se fue y no me animé a seguirla. Nos despedimos en la Rodoviaria y yo volvía caminando por la Tercera Avenida, quebrado al medio, con la piel latiendo pero decidí no enloquecerme, decidí ser adulto, tomar eso como lo que había sido, seguí por inercia con mi vida, mis cosas, tomé Caipirinha y batidas, me levanté algunas chicas olvidables de Avenida Atlántica y así hasta que terminaron mis vacaciones.

Ella me llamó ese invierno desde San Pablo. Lloraba. Me preguntaba por qué yo nunca la había llamado. Me llamó también en Noviembre y me dijo que el padre había muerto y que se sentía muy sola. Me pedía que fuera a verla. La última vez que llamó le patinaban las palabras, me pidió plata prestada y me dijo que necesitaba esa plata porque sino el camino más fácil para ella era la noche, trabajar de noche, ya le habían ofrecido, ella no era una puta pero tenía deudas y qué podía hacer. Te necesito, me dijo y fue la única vez que me llegaron esas palabras. Le prometí que le iba a mandar la plata y que la iba a visitar pero no hice ninguna de las dos cosas y un día la olvidé. Mucho más tarde olvidé la culpa.

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Crónicas de Camboriú 8/?

El pintor capturado

El pintor asesino, recorte de diario

Me tomé un taxi en la Tercera Avenida y fui hasta el hospital. Parecía una clínica de ruta, las paredes sucias, mosquitos y médicos en ojotas. A mi viejo lo estaban operando y nadie me explicaba lo que había pasado. Esperé en un pasillo asustado, preocupado y una hora más tarde me hicieron pasar a una habitación. Mi viejo estaba entubado, anestesiado, con un vendaje enorme en las costillas y se me aflojaron las piernas, pensé en todas las cosas que nunca había podido preguntarle, en todas las cosas que no habíamos podido compartir por la distancia, por los desencuentros, pensé en que no estaba listo para nada salvo para seguir siendo hijo. Entonces él giró la cabeza despacio, me vio y con un esfuerzo terrible levantó la mano derecha y me hizo OK y fue un alivio inmediato y muchos años después una enseñanza de vida. Esa noche mi viejo sobrevivió dos veces, primero al balazo y después a la mala praxis de un médico trasnochado que lo cortó de lado a lado para buscar una bala que estaba entre la piel y las costillas.

Al otro día llegó mi tío en un vuelo charter. Trajo un fajo de billetes y consiguió un revolver 38 y varios contactos en la policía. El comedor era un centro de operaciones, hubo varias idas y vueltas pero no pudieron alcanzar a los responsables. A los pocos días mi viejo volvía del hospital y yo volvía a Buenos Aires.

Por carta me enteré cómo había sido la historia. Resulta que mi viejo le alquilaba un departamento a un pintor y este pintor debía la plata del alquiler y salió y se emborrachó junto a un alemán grandote y aparecieron en la casa y le tocaron el timbre. Mi viejo bajó y los tipos trataron de pegarle. El pintor cayó de culo con una trompada y mi viejo le estaba trabajando la cara al grandote cuando vio unos movimientos raros al costado. El pintor estaba sacando un revolver de su cartera. Mi viejo se tiró al piso y escuchó dos tiros cerca. El tercero le dio. El pintor y el grandote se escaparon y mi viejo subió a buscar su Bersa 22. Dio unas vueltas a bordo del Jeep pero no los encontró y la herida estaba sangrando demasiado así que se fue manejando al hospital.

Mi viejo se recuperó y empezó a investigar. El pintor había asesinado muchos años atrás al hijo de un policía. Con este dato consiguió movilizar unos contactos y ubicaron el paradero del pintor pero se había escapado unas horas antes. Lo siguió y lo siguió y al final consiguió meterlo preso.

Dicen que la cárcel estaba superpoblada, dicen que al pintor lo violaron y que se agarró Sida y por  eso lo soltaron. Afuera no le fue mucho mejor. Un par de meses más tarde lo encontraron tirado en un zanjón. Tenía un cuchillo clavado hasta el mango.

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Crónicas de Camboriú 7/?

Cajas de Trojans

Cajas de Trojans

Seguí viajando a Camboriú todos los años, a veces Diciembre y Enero para ahogarme en la multitud de brasileras vestidas de blanco por reveillao, otras Febrero por la locura del carnaval. Me causa mucha gracia que los extremistas musulmanes les prometan siete vírgenes a cada suicida en lugar de una visita al Camboriú del 92.

Ese año vino de visita mi amigo Rama, alquiló un auto y salimos al centro. Entramos a un bar y caminamos entre las mesas. Mientras paneaba el sector izquierdo sentí que me tocaban el hombro. Me di vuelta, una treintañera de rulos, normal. Me dijo que yo le gustaba mucho, que me había visto entrar y que no se qué y no sé cuánto. No iba a perder toda la noche con ella, no iba a perder ni quince minutos. Menos de quince podía ser. Sin mirarla, le dije que estaba de paso, que me volvía para Argentina esa misma noche y que me quería llevar un lindo recuerdo del sur de Brasil. Miró a las amigas, me miró, agarró la cartera y salimos. Arranqué el auto, me metí en la primera calle perpendicular y a media cuadra encontré un terreno baldío. Las ramas, el pasto y la maleza tapaban el auto.  Me puse un Trojan y sacudí la carrocería todo lo que duró la canción Flores do Mal de Barao Vermelho. Después me levanté los pantalones. La rulosa estaba enojada, decía que los hombres brasileros aguantaban una hora, dos horas seguidas. Enojada era bastante fea. A los diez minutos estaba otra vez en el bar, bajó la rulosa, subió Rama y seguimos camino. En el segundo bar Rama se ganó a una rubiecita muy linda, pelo lacio, sonrisa compradora. Me dejó clavado una hora pero la rubia lo ameritaba. Seguimos camino. Fuimos a Baturité y probamos Primera-A-superior-categoría-modelo-si-pinta-me-caso. Era posible técnicamente pero el esfuerzo era sobrehumano, hablamos y hablamos para correrlas un centímetro de su entourage y después los mejores chistes, más charla para robarles un beso. A todo esto Rama se dio vuelta y se chocó con un tipo y le tiró el trago y el tipo ya venía marcando que éramos argentinos y que estábamos monopolizando primera-A-superior y no le gustó nada. Quería pelearse. Nosotros éramos peleadores pero no pelotudos. Sabíamos que en dos minutos íbamos a tener encima a 500 brasileros. Yo le dije que lo aguante, Rama entonces trató de razonar, después trató de plantear las reglas de una pelea justa, después le contó algo de la integración latinoamericana, yo a todo esto fui a arrancar el auto y cuando pasé, corrió los cien metros, saltó al auto y rajamos de ahí.

Cuando volvíamos de la punta vimos caminar a esta morochita en sandalias, mini y blusa. Estaba caminando por Avenida Brasil para el lado del Marambaia y no tenía ninguna actitud de levante. En Brasil esto no quería decir absolutamente nada. Rama bajó y le habló y subieron al auto. Le dijo que éramos medio hermanos y le contó anécdotas de Argentina y al rato miré por el espejo y le estaba comiendo la boca. Llegamos al Marambaia y Rama fue a manejar y yo fui atrás y le conté mi versión de esas mismas anécdotas. A todo esto Rama estacionó frente al departamento.  No fue una enfiestada, fue un one-on-one serial.  Empezó él con la piba y yo me tiré ahí a mirar, cada tanto encendía la tele y tomaba cachaca, después fui yo, él pasó al sector cachaca, después volvió él y yo miré el noticiero de Rede Globo y películas dobladas por Herbert Risert, ahí volví yo y liquidé la caja de Trojan. Ella se quería ir pero la situación era muy buena como para no hacer los bises. Agarré el pantalón, las llaves del auto y salí en cuero a buscar una farmacia. Salté las lomas de burro con el cuidado que merecía un auto alquilado, es decir estilo Duques de Hazzard y en una caída casi me llevo puesto a un pibe que esperaba el Bondindinho. La primera farmacia no tenía camisinhas, la segunda tampoco, encontré en la tercera y el empleado me dijo un precio ridículo, entendió que era una urgencia. Pagué con dólares y cuando tuve la cajita en la mano lo putee y él dio vuelta el mostrador con un machete. Rajé y me subí al auto y volví saltando las lomas de burro, todo transpirado. La piba estaba en el pasillo y Rama me dijo “Se va, no hay caso” Yo la agarré como a una bolsa de papas y la metí en el departamento. Ella gritaba, en joda supongo porque una vez adentro pedía posiciones y decía “Mais, mais” Ya era de madrugada cuando la dejamos en Avenida Brasil. Nos dio un beso en la mejilla a cada uno. Dijo “A gente se ve” y se fue caminando.

Llegué a la casa de mi viejo y cuando entré me estaba esperando la chica que limpiaba. Lloraba y temblaba. Me dijo que a mi viejo le habían pegado un tiro.

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