Te sentaste en esa esquina del café Opera, encerrada por opción entre los dos con tu look falsamente porteño, sonriendo, casi segura de que ese juego iba a terminar. No te puedo culpar porque algo sabías, sabías al menos que me estaba enamorando de tu piel. En cuanto a lo que no sabías, bueno... soy un pelotudo y me tienta apostar al doble cero. No hay ninguna compensación enigmática, profunda, no hay nada salvo que a menudo no puedo dejar de caer. Pendiente negativa, le dicen. Lo dejabas, d...