South Beach. Era un sábado algo nublado, sin viento, ideal para jugar Beach Voley. Estacioné sobre Washington Avenue y caminé un par de cuadras hasta las canchas de Ocean Drive. Era temprano y los mejores jugadores no habían llegado así que me senté al lado de un viejito que vendía agua mineral. En una de las canchas jugaban cinco latinos malos contra cuatro franceses peores. Faltaba uno. Me miraron, los miré, que si quería jugar.
La verdad es que quería entrar pero sabía que si los jug...