Capítulo 1 de La Gran Monterrey

“I know what I want, but I just don’t know
How to go about gettin’ it
Feeling sweat, feeling
Drops from my fingers
Manic depression is catching my soul”

Jimi Hendrix, “Manic Depression”

Al principio paré en el departamento de mi abuelo sobre Honorio Pueyrredón. Me daban de comer milanesas y siempre había fruta: naranjas, muchas naranjas y a veces manzanas rojas. Aguanté un poco ahí, con un colchón en el comedor pero entonces me di cuenta del olor,  por las mañanas Glade Brisas Del Bosque, hacia las tres o cuatro de la tarde aparecía el verdadero olor, como a suéter hervido. Y además la cuarta esposa de mi abuelo se paseaba en bombacha y me hacia ojitos durante la cena. O sea, cosas chicas que se iban sumando. Pero lo peor, y ahí me di cuenta de que tenía que rajar, fue cuando mi abuelo me dijo que la guitarra no le dejaba escuchar la tele. Yo estaba en el balcón, tirando los acordes de Blue in Green, con las cuerdas de la Stratocaster al aire y lo miré raro porque si algo no le dejaba escuchar la tele probablemente eran sus ochenta mil años. Pero bueno, junté mis cosas, di unas vueltas y caí en el bar de Rama.

Rama ni sabía que yo andaba por Buenos Aires y parecía muy contento de verme. Me acompañó a la pieza del fondo, me dio una frazada, una almohada y me dijo que si aparecía Luli él se iba a arreglar. Luli era su novia de toda la vida. Me odiaba desde aquella vez cuando me había cogido a la hermana y después la dejé en Figueroa Alcorta y Pampa, tres cuadras para atrás, del lado de los bosques. La hermana estaba de minifalda y zapatos altos y parece que unos travestis la corrieron hasta Selquet, la arrastraron de los pelos y no sé qué más. Pero bueno, había pasado un tiempo, estábamos todos más grandes.

Le pregunté a Rama si quería un show de viola en vivo mientras llegaban los clientes, también podía hacer tragos o atender las mesas. Rama me dijo que le iba a venir bien algo de ayuda en la puerta para controlar la edad. La idea era no dejar pasar a los menores. Entonces me puse ahí, con una silla alta a controlar los documentos. Y ponía cara de que me importaba, a ver, pibe, documentos, che, vos, qué edad tenés… a ver, la cedula… en qué año naciste, rápido, ¿sos del 84?, pero después de un rato era un embole, porque casi todos parecían tener más de dieciocho y hacía calor y me dio sed. Entonces le pedí al cajero un poco de ayuda con los documentos y fui hasta la barra a buscar un vasito de algo, Coca o Seven Up, sí, está bien, bueno echale un poco de vodka. Y al rato lo mismo, porque es increíble el calor que levanta la gente, y volví a la barra y después como que ya no venían pibes con caras de pendejos así que ni pedía ayuda y me mandaba directo a la barra. Ahí me fui integrando, me vino la alegría de estar en Buenos Aires. Iba y venía, y en una de ésas vi una pelirroja preciosa bailando en la pista. Yo no era de bailar pero me mandé a pleno John Travolta y en un momento era como que la gente esperaba mis pasos pero les hice una seña así, como sigan, sigan y le conté a la colorada que existe un tipo llamado Hawking y que vivimos una mentira con los relojes porque el tiempo pasa distinto dependiendo del lugar y además al principio ni existía el tiempo y ella me escuchaba así, absorbida por la idea y después le conté que había estado cuatro años tocando en un crucero y que flotábamos estancados como una boya en el caribe y que Buenos Aires es uno de los pocos lugares que quedan donde todavía se puede crear algo y que si uno se esfuerza, aparece ese espacio de oportunidad.

Era el momento para estamparle un beso, para incendiarme con su pelo rojo, pero le tuve que soltar las manos y le dije que ya volvía. Y después en la fila del baño me quedé un poco porque los azulejos me deformaban la cara y le pregunté al pibe de adelante, che flaco, qué onda la cara… vos lo notás, este tema del azulejo… y el pibe me abrazaba y me decía, man, no te des máquina, qué buena la colorada. Hablamos un rato de eso, mientras avanzaba la fila para mear y la cosa es que un poco me colgué hablando, porque el pibe estaba aprendiendo guitarra y no le sonaba el Taping y yo le expliqué que hay un momento en que uno no piensa a la música sino que la música te piensa a vos y le conté de Hendrix cuando grabó Little Wing. En eso, el pibe dijo otra vez qué buena la colorada y me hizo acordar, así que bajé las escaleras a los saltos, pero no pude llegar a la pista porque me crucé con Rama, que quién estaba en la puerta y le dije que no había de qué preocuparse, porque la gente se condiciona mucho, yo ya había corrido la voz de que sólo aceptábamos mayores y bueno, eso… estaban entrando mayores. Lo esquivé y me mandé a la pista pero la mina no estaba. Me quería matar. Era una de esas mujeres que te mejoran, que te ayudan a escaparle al bajón del domingo. La busqué por ahí, le pregunté a la gente, que tenía la mejor onda pero nadie sabía de la colorada, entonces me agarré una botella de ron y me senté en el piso a tomar. En la etiqueta de la botella decía “el espíritu del caribe” pero abajo, chiquito, decía que lo embotellaban por San Justo. Me daba igual. De a poco el lugar se fue vaciando y una de las camareras se puso a  baldear en un muy buen ángulo. Y era lindo, qué se yo, en medio de tanta desilusión. Le dije que tenía buen culo, en su categoría porque yo soy más de los culos mid size, tirando a small. Ella me dijo pelotudo y que el novio me iba a cagar bien a trompadas. Me levanté como pude y fui al fondo a buscar la pieza. Resulta que Rama siempre le decía “la pieza del fondo” pero en realidad quedaba al costado, arriba así que tardé un poco en encontrarla. Subí agarrado a la baranda, casi gateando. Me tiré en el colchón y me agarré fuerte de los costados porque me daba vueltas el techo, las paredes, todo. Entonces empezó a amanecer y la cama se dejó de mover y pude dormir una hora o dos. Ahí empezaron los gritos.

Capítulo 1 de La Gran Monterrey, primer premio de Novela en el concurso Osvaldo Soriano 2007.

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One Response to “Capítulo 1 de La Gran Monterrey”

  • Roman de la Parra says:

    Fijate que logras captar la atencion con solo un fragmento de este cuento de la gran monterrey, lees y te metes en la historia, que es simple pero intrigante y derrepente se desata una tormenta entre el protagonista y la rubia que en realidad es castana, jajaja, claro y te deja con un gusto a poco, que quieres leer el libro entero.
    Muy bueno.

    Roman de la Parra

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