Karen estaba revisando las expensas. Ahí me acordé de los vecinos nuevos, el pibe alto y la mina.
- ¿Cómo se llaman los del séptimo B? – pregunté.
- De nombre Sr. y de apellido: Propietario.
- Ya somos dos “Señores propietarios”
- Parece que te vas a quedar con la intriga.
Encendí la notebook, entré al sitio web de la administración del edificio, ubiqué un punto de acceso a su base de datos y en unos minutos tuve el nombre del nuevo propietario en pantalla. Karen me miró de reojo, no aprobaba mis métodos de hacking, no aprobaba nada que le recordase remotamente la crísis. Aunque había pasado un tiempo, todavía estaba asustada, más asustada que yo. La miré, le sonreí y acerqué mi mano para acariciar su mejilla. Por la tarde Karen se fue a sus clases de teatro y yo aproveché para ordernar el comedor, puse todos sus pañuelos, gomitas, papeles, biromes, galletitas dentro de una caja y llevé la caja hasta su mesa de luz. Luego me di un baño de inmersión, me fumé un Cohiba Splendid y leí el diario tratando de calmar la ansiedad sin usar las pastillas.
El lunes me encontré con el portero del edificio. Ni bien me vio puso la sonrisa de perro complaciente, quería hacer alguna gracia para obtener esas propinas que le doy cada tanto.
- ¿Qué tal son los nuevos vecinos? – pregunté
- ¿Daniel? ¿El pibe del séptimo?
- Yep
- Es un muchacho macanudo.
Me despedí del portero con un billete de $50 y me fui a la clase de tenis. También tenía que hacerlo por receta medica, era parte del tratamiento. Burma, el profesor, había sido top ten nacional, cosechó algunos éxitos en los setenta, después dio clases en el Lawn Tenis Club pero tuvo un affaire con la esposa de un tipo muy grosso, esto hizo que otras alumnas quisieran probar y luego alguna que otra hija y los rumores corrieron, luego los celos, el caos y finalmente tuvo que renunciar a casi todo y conformarse con un club de principiantes en un barrio alejado.
Dicen que la mejor forma de sacarse malos habitos es adquirir nuevos malos habitos de modo que me volví una persona bastante competitiva con el tenis. Esa tarde tuve un buen comienzo; pude meter casi todos los saques sobre su revés, con rebote alto. Esto me daba una ventaja sobre todo el tanto, como si Burma no pudiera terminar de recuperar el segmento de cancha que cedía con el saque. Durante todo el game pude encontrar lugares y Burma tenía esas pequeñas excusas en cada intercambio: picó mal, estaba desconcentrado, leyó mal la anticipación. De ese modo fui avanzando, tomando lugar, desequilibrando, rematando, y llegando a todos los drop shots. Burma aplicaba la experiencia, su temple, la actitud de profesor y su conocimiento de mis errores comunes. Estuve a punto de perderlo todo, principalmente porque él conocía mi juego. Conocía al detalle la cantidad de veces que mi slice de revés flotaba sin fuerza y mi falta de control con los passing shots. Conocía adonde podía dirigirse mi smash y la fuerza de mi top spin cruzado desde el fondo. Si quería ganar tenía que hacer algo original, algo que no hubiera aplicado en las clases. La cancha se puso borrosa, dejaron de existir las viejas del bar, los juniors del entrenamiento, los cancheros. Todo se resolvía en esos metros, en ese color naranja brillante, en ese aroma de humedo de eucaliptos.
Solté el brazo y busqué control por medio del swing, seguí cada pelota hasta el último momento, sin sacarle la vista de encima, dando pequeños saltos en puntas de pie. Las bolas salieron milagrosas con altura y efecto al fondo. Burma fue cediendo, le costaba recuperar terreno y las diferencias crecían. Solo había un pensamiento en mi mente y era llegar a pasar el objetivo, una vez, otra vez, desde cualquier lugar de la cancha. Estaba tan concentrado que ni siquiera me di cuenta cuando pasó ese momento, donde el tiempo restante no era suficiente para que Burma recupere partido. Ya era casi imposible y luego completamente imposible. Me felicitó, juntamos las pelotas y al rato me encontraba en el taxi. Los brazos me temblaban. Era la primera vez desde la crisis que me sentía de esa forma, tan bien, tan seguro de no fallar, de poder y poder otra vez.
Volví al loft, me duché y decidí bajar a la pileta a tomar un poco de sol. Al costado de la pileta, boca abajo, había una mujer bronceada, con un tatuaje en forma de estrella sobre el tobillo. De costado podía ver sus pechos bien formados, presionados sobre la toalla, y la forma de un perfil dormido. Me sentí como en la secundaria, sentí que había una hermosa mujer y que su belleza nos separaba, me quitaba la gracia, la iniciativa, sentí que era mucho para mí, que se manejaba en otro vínculo, en otro ambito. Me vi demasiado delgado y vestido sin gracia. Claro que nada de eso se correspondía con la realidad. La realidad eran treinta años, bien llevados, la mitad de mi vida con una rutina cuidadosa de deportes, con sol y con cuidados. Un torso fibroso y unos brazos y hombros marcados. Prolijo, con un corte de pelo impecable cada quince dias. Con actitud de estar realizado como profesional en Seguridad Informática, con inversiones en Dólares y Euros, colaboraciones en revistas especializadas y un pasar exageradamente bueno. Al fondo de todo eso estaba la crisis pero era algo imposible de adivinar con una mirada. Podía entrar al agua o quedarme a un costado tomando sol. Podía leer el diario y mirarla o fingir no mirarla. Podía hacer mil cosas, todas ellas inexactas, erradas, incompletas. Decidí subir al departamento y fantasear con que esa chica era la novia de Steigman y que la hacía gozar de placer como no podía hacerlo el propio Steigman, a pesar de que era más alto que yo.
Después del sol y del baño, faltaban dos horas para que pudiera acercarme a la computadora sin violar las normas que me permitían funcionar adecuadamente, de modo que traté de resolver esa cantidad de minutos de la forma menos nociva. En mi caja fuerte guardaba algunas hojas impresas que me producían un efecto de adrenalina, una sensación de dolor y excitación y algunas otras vibraciones para las que no había encontrado palabras. Me fui a la cocina, serví un café y me puse a releer esas hojas. Fijé en mi mente la imagen de esa mañana. La sonrisa de Karen, sincera, el gusto a piel conocida y los besos húmedos de despedida. Afecto, caricias, imágenes de familia, de cenas, de confesiones de amor. Mi vista empezo a saltear palabras, renglones enteros conocidos, expresiones que había usado conmigo. De a poco me fui metiendo en los párrafos que me causaban impresión. Existían mil justificaciones posibles pero ya era un experto en minimizarlos, en hacerlos desaparecer. Si había sucedido en el pasado lo transformaba en presente, si había sido inducido, ya no lo era y asi en adelante. Ya me estaba acercando a una mentira plana y a un secreto vergonzoso, a una combinación de circunstancias que jamás se cuentan porque distorcionan la imagen que uno quiere crear para uno mismo. En ese momento sonó el teléfono.
Era Burma, estaba impresionado por el partido y quería felicitarme. Planteaba la posibilidad de que yo me encontrara en otro nivel y no necesitara seguir tomando clases con él y eso. Me pareció sincero, un poco lastimoso, quizás tenía que haber perdido. Quedamos en encontrarnos para tomar un café y hablar del tema. También quería mencionar otras cosas acerca del estilo y un torneo. En ese momento volvió Karen, subió las escaleras al trote y al ver que estaba hablando por telefono se fue por ahí. Ahí recordé las hojas en la cocina. No había ninguna posibilidad de que Karen viera esas hojas, era imposible que le dejara llegar a toda esa vergüenza. Corté lo más rápido que pude y bajé al trote. Respiré hondo y la encontré al lado del anotador.
- Hola amor. ¿Algún mensaje para mí?
- No, pero acordate que nadie te llama aca.
- Ya le pase el telefono a todos.
- Asi y todo no hay ningun llamado.
- ¿Merendaste?
- No ¿querés que prepare algo?
Ahí tuvo que haber sospechado pero eso era mejor que dejarle entrar a la cocina. Junté los papeles y los escondí en un armario. Me intrigaba saber que diría al encontrarse con esas hojas. Desde luego, me iba a quedar con la intriga. Karen puso varias cucharadas de azucar a su café y empezo a contarme los momentos relevantes de su día. Costaba imaginar que esa piel, que esa sonrisa, que esos labios… Sentí un temblor en la espalda, la última cuota de adrenalina antes de la noche.
Unos días después Burma me estaba esperando en la cafeteria. Se veía un poco cansado. Mientras lo saludaba me acordé que no había hecho planes para el resto del día. Eso era absolutamente desaconsejable. Tenía que evitar esa forma infinita del tiempo. Burma me felicitaba pero yo estaba evaluando si era mejor empezar clases de perfeccionamiento de inglés para tener otro segmento de la semana ocupado.
- Estoy muy contento con tu juego.
- Tuve un buen profesor – dije, dándome cuenta un segundo después de que había usado el pasado
- De eso queria hablarte… estás en otro nivel.
- Quizás fue un poco de suerte, es como con la economía, hay que esperar varios períodos para sacar conclusiones.
- Yo creo que no fue suerte y que tenés muchas posibilidades de salir bien parado en un torneo que se va a hacer acá en un par de semanas.
¿Qué haría Steigman?. Por mi parte no tenía muchas ganas ni estaba seguro de hacer un papel decente, en vistas de los pocos antecedentes con mi nuevo tipo de juego pero le dije que sí. Principalmente para llenar un poco más el tiempo muerto. Burma se alejo por el camino de piedra y se subió a su Citroen. Me caía bien. Su forma de asumir el fracaso cuando podía haberlo tenido todo; parecía conforme con el pedazo de mundo que le había quedado.
Por la noche fui con Karen al supermercado. Era divertido pasear juntos por los pasillos desiertos y tan iluminados. En la sección de fiambres nos cruzamos con Steigman y su novia. Agarré a Karen de la cintura y le di un beso, completamente descolocado. Después nos miramos y reímos. Estaba seguro de que Steigman tuvo que haberme visto, así, exitoso, contento. Y Karen era muy linda, tanto o más que su novia.
Siguieron unos días extraños, yo estaba muy concentrado con el Tenis, entrenando para el torneo. Un día Karen me dijo:
- Hoy hablé con Daniela, la vecina nueva. Como no teníamos planes los invité a cenar,
- Gracias por consultar,
- Pensé que te iba a gustar la idea, siempre estás hablando de Steigman, le vas a poder preguntar cuánto mide,
- Muy gracioso,
Mientras me bañaba pensé en como iba a comportarme durante la cena. Distante y apático, cínico y atento, seguro y dogmático; podía actuar de cualquier manera, pero cualquier manera que sirviera para impresionar a Steigman. Me vestí con un pantalón Abercrombie wide leg, una remera de algodón negra, con cuello en V, despeiné el pelo cuidadosamente y me puse un poco de perfume Number One de Hugo Boss.
Ellos llegaron puntuales y trajeron un Cabernet de $50, bodegas Rutini. Yo había puesto en la mesa un vino inferior, me apuré a guardarlo tapando la etiqueta. Steigman era definitivamente más alto y de cerca Daniela era simplemente linda, mientras le hablabas abría los ojos con asombro y sonreía mostrando los dientes como una nena del secundario. Sus movimientos eran frescos y llevaba su cuerpo en una pose constantemente deseable. Como si no hubiera forma de desarmar esa postura, de afearla en algun modo. Era profesora de inglés, veranéos en Punta, padres separados, muchas amigas, Steigman era oculista, uno de los mejores, según Daniela, especialista en cirugía.
Karen parecía inmune a Steigman inicialmente, pero ese delicado equilibrio que formaban nuestras personalidades comenzó a derramarse cuando dirigí mi conversación hacia lo más vulnerable de Daniela. Puse énfasis en relacionar nuestros pasados, padres separados, palabras en slang, Central Park en invierno. Me pareció que Steigman entendió la maniobra. Fue un breve cruce de miradas, Steigman bajó los ojos y los volvió a levantar indicando que había entendido mi juego. Un momento después consultó a Karen acerca de los anteojos. Luego acercó su mano al rostro, miró sus ojos de cerca, le pasó la tarjeta de un colega y detrás anotó su celular. Yo comenté esa nota historica de la National, donde se remarcaban los problemas para la salud derivados de las altas velocidades que podrían desarrollar las bicicletas de entonces. Nos pudimos a discutir, medio en joda, medio en serio. El juego ya estaba lanzado.
La noche terminó y nos despedimos con abrazos y todo. Le hice el amor a Karen con la luz apagada, imaginando que era Daniela pero algo en la personalidad de Daniela me sacó la excitación. La vi demasiado perfecta, quizás. Entonces imaginé que era Steigman y que me encontraba un día de semana con Karen en un consultorio, le sacaba la ropa y la cogía, a escondidas. La excitación me fundió en una serie de sacudidas violentas. Recién después de volcarme al costado me di cuenta que no había esperado a Karen. “No te preocupes, no fue nada” me dijo. Me fui a dormir lleno de sensaciones, la adrenalina flotaba en mi sangre a velocidades imposibles. Sentía que estaba pendiente arriba en una montaña rusa, sentía los ruidos mecánicos, la cercanía de la pendiente negativa.
En las semanas siguientes me alejé de Karen, inventando reuniones con mi psiquiatra, entrenamientos de tenis con Burma, le dije que tenía que ayudar a un amigo con su auditoria informática para un juicio. Karen no reclamaba, estaba en sus asuntos, sus rutinas de siempre.
Cuando Karen se iba al trabajo yo bajaba a la pileta del loft a ver a Daniela. La hacía reír, le mostraba libros en inglés, le contaba anécdotas inventadas, le preguntaba acerca de su relación con Steigman. Todavía me sentía muy lejos de seducir a Daniela, de modo que traté de buscar ayuda adicional. Para eso entré en su cuenta de correo electrónico. Al igual que Karen, tenía varios secretos. Usé toda la información para mis conversaciones de la tarde y las cosas fueron mejorando.
Un poco después, la vi medio mal y pensé que estaba así por mí, por lo prohibido y eso. Me invitó a subir, dijo que teníamos que hablar. Pasé a su baño, me peiné, traté de acomodar la rigidez de mi excitación. Me gustaba sentir esa sensación de éxito, de sexo inminente. Pensé en rechazarla, en generar una situación sensual pero inocente. Pensé en tenerla de amante un tiempo y luego abandonarla, provocándole una crisis de nervios. Ella ya le había sido infiel a Steigman al principio, había estado viendo a un compañero de trabajo un mes, en paralelo con el comienzo de su relación. Nuestro affaire no iba a ser algo completamente novedoso.Salí del baño, Daniela me esperaba en el living con su bata, sentada en el sillón blanco, muy a la moda. Estaba linda y más con la bata y esa cara severa. Tomó mi mano entre las suyas y antes de que pudiera besarla, soltó esas palabras.
- Karen se acuesta con otro.
No entendía de que me hablaba. En absoluto.
- Conoció a un amigo de Dany, a un oculista. El otro día vino a casa y se pusieron a hablar del tema, no me gustó como la trataban a ella y como te dejaba parado a vos.
- ¿En qué sentido?
Por un instante dudó pero yo la miraba de tal forma, con una necesidad de información tal que no pudo negarse.
- ¿En qué sentido? – repetí.
- Se reían. El amigo de Dany decía que ya estaba cansado de “voltearse casaditas” y que Karen estaba desesperada, que le había pedido por favor.
Hizo las comillas con las manos en “voltearse casaditas” y de no ser porque me estaba enterando que era un cornudo me hubiera causado gracia o la hubiera corregido dado que no estábamos oficialmente casados.
- Dany le preguntó que iba a hacer y el amigo le contestó que ya se la quería sacar de encima.
Le pedí un vaso de agua y le dije que me sentía mal – y realmente me sentía mal y mareado y con mucha vergüenza – Después me fui; dejando un reguero de lástima detrás.
Durante las últimas semanas había ignorado a Karen, en todos los sentidos, ella había dejado de hablar del futuro. También estaban esas impresiones, todo lo oculto de Karen, parte de su pasado, charlas con amigas, la evidencia de aquella situación confusa y sensual, su traición. Pero jamás sentí que comía vidrio. Pensé que era una señal positiva tolerar esa certeza. Pensé que en mayor o menor medida todas las relaciones tienen esos secretos. A pesar de la distancia de los últimos días, la veía dormir a mi lado y me creía aun dueño de sus pensamientos, creía que la abarcaba, que sabía a donde quería llegar. Por la mañana nos despedíamos con un beso y desde el balcón la veía alejarse rumbo a su trabajo, como si eso fuera todo lo que se necesita para sentir intimidad.
Vinieron días dolorosos pero sin recriminaciones. Jamás fue mi estilo. Ella juntó por su cuenta las gomitas, biromes, galletitas, sus marcadores y papeles, sus apuntes de teatro y ropas de colores y finalmente se fue. El golpe de la puerta me encontró a última hora de la tarde, sentado en la cocina.
Me descalificaron del torneo de tenis al tercer game, cuando le tiré la raqueta a mi oponente en la primea ronda, que se parecía a Steigman, aunque no demasiado.
Burma alejó a los vigiladores de seguridad del club y me acompañó hasta el taxi, apoyando su mano en mi hombro. Después de todo, yo también iba a tener que acostumbrarme al pedazo de mundo que me estaba quedando.
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Debajo, los preferidos de las chicas tatuadas:




Alguna vez escuche decir a un maestro: “hay que escribir como se habla para que se entienda”. eso encontré en este cuento, la virtud de darse a entender y al mismo tiempo llevar a la reflexionar al lector. felicidades.patricia romana
Es la clasica historia de un tipo con super ego que cree que todas las mujeres lo desea, pero detras de esa fachada sabe que es un perdedor, y ni siquiera puede satisfacer a una solo mujer, y ya se creen deseados; el escritor o quizas el personaje se la quiere dar un tipo de mundo cuando no pasa ni por un pseudo-intelectual
Qué habilidad para producirme angustia,bandini. cómo se nos da vuelta nuestro frágil mundo, no?
zta padre el cuento la vdd y kmo q me relaciono kn exo por me zta pando ksi los mizmo y es mui triste a la vez pro la vida sige no bueno felicitaciones eh
a caso eres gringo el cuento esta hermoso si, pero no lo agas en ingles
oiga se de libros porque siempre boy a la biblioteca pero este es el peor que he leido,si tuviera mas drama seria bueno lose tengo 28 años y desde los 8 boy ala biblioteca
excelente, muy bueno es una de las pocas veces q quedo atrapado en el relato, t felicito, segui con este camino q lo favorable es inminente.!!
esta hermoso nunca habia leido algo tan bonito. Yesenia
Lo leí hace mucho por 1era vez y nunca me canso de releerlo, para mí es tu mejor cuento porque te engancha y te deja pensando.
Muy bueno! Me encantó! Te invito a pasar por mi blog, en el que tengo publicado un cuento llamado Entre games y otro que se titula Caballeros.
Soy aficionado al tenis y juego torneos en mi pueblo, y no puedo dejar de observar como se desnudan ciertas personalidades en ese deporte. En tu cuento creo que pasa eso, el tenis no me parece que es sólo una marco donde transcurre la situación del personaje que está contando, sino, justamente, al ser el tenis un perfecto medio de catarsis para la persona competitiva (en realdidad las ultracompetitivas), es una atractiva alegoría de la vida.
El final, aquello del “pedazo de mundo que me estaba quedando” es sublime.