Fragmento de una novela en curso

Pelea con Taxista

Estoy escribiendo algo nuevo. Sería la historia de un tipo que cae un par de niveles en el estrato social y termina de ayudante de flete a bordo de una camioneta Traffic. Hay quién dice que la novela nueva es una excusa para contar peleas que viví y otras que escuché. Yo estoy en paz con ambas versiones.

Capitulo III

Esteban me conocía. ¿De dónde me conocía? ¿De la universidad? ¿Del curso sobre optimización de consultas SQL? ¿De la Academia Británica? ¿De mi casamiento? Si había venido a mi casamiento, sólo podía haber entrado con moño, saco blanco y bandeja.

-    Vos sos el primo de Iolanda – dijo Esteban.

Por “Iolanda” se refería a Yolanda, la hija de Natalio. Ahí empecé a sospechar la historia que se había armado en su cabeza: no estaba preocupado por mi remera Polo o las zapatillas blancas. El debía pensar que yo era un espía de mi tío, que lo estaba vigilando para que no se afanara juguetes o algo así.
Se trataba de un pequeño malentendido. En cualquier circunstancia hubiera bastado con una explicación, dos o tres frases y a otra cosa pero los ojos inyectados en sangre de Esteban me hacían dudar de todo: quizás si era un espía de mi tío Natalio. Es decir, quizás mi tío no me había contratado de lástima sino para controlar a Esteban. De repente toda la saliva de mi boca desapareció, se evaporó, sentía la lengua pesada, adormecida.
Esteban siguió:

-    Yo tengo memoria filmatográfica, en la expo de juguetes, ahí en Costa Salguero viniste todo trajeado y estuviste hablando con Iolanda y con Natalio. Y ahora venís de ayudante de flete pero te ponés a anotar todo lo que hago.

A todo esto, la Traffic estaba parada sobre un carril central de Juan B Justo. Las bocinas que habían empezado intermitentemente ahora sonaban duras y parejas.

-    Están tocando bocina, Esteban.

Esteban trató de meter el cambio, una, dos veces, tres veces y al final entró pero hizo un ruido de esos que no puede indicar otra cosa que algo roto o algo por romperse de manera inminente. Avanzamos una cuadra y nos paró el semáforo. Yo no quería semáforos, quería onda verde, quería ver la Traffic desplazarse hasta la próxima juguetería o quería un accidente, un vuelco terrible, cualquier cosa que me evitara los ojos enrojecidos de Esteban, su atención exclusiva. Entonces mis plegarias fueron escuchadas. Un taxista se puso a la par y bajó la ventanilla.

-    Flaco… ¿Qué carajo te pasa? ¿No ves que hay una cola de autos para pasar?

El taxista tenía la cara poseada, muy siniestra. Esteban ni lo miró pero desplazó la mano izquierda y soltó el cinturón de seguridad. Fue un movimiento muy natural. Tlac.

-    Grandote al pedo… cómo te cagaría bien a trompadas – siguió el taxista.

El semáforo cambió a verde y el taxista se adelantó y sacó la mano por la ventanilla. Tenía la palma hacia arriba. Abrió y cerró la mano como una araña invertida. Algo así como “te cagaste bien en las patas” Esteban se la agarró otra vez con la palanca de cambios. El ruido ya no estaba limitado al sector de la palanca.  Cada manotazo de Esteban tenía repercusiones en toda la carrocería. La Traffic vibró con un ruido a engranajes oxidados y después salió disparada con un sacudón. A Esteban le latía una vena en el cuello. Tenía la mirada fija en el taxista que se perdía ahí adelante.  A todo esto, se nos cruzaron varios autos. Juan B Justo estaba cargada y ruidosa. Esteban se pasó a la mano rápida pero de repente la mano rápida se hizo lenta. Los únicos autos que avanzaban iban por la derecha. Alcancé a ver el baúl del taxista como una cuadra adelante y después nada. La respiración de Esteban se hacía más y más audible. Podía escuchar sus pulmones, podía sentir el movimiento de sus fosas nasales. Esteban pegó un volanteada a la izquierda y se movió al carril rápido de la otra mano. Ahí puso un rebaje a segunda y pasó un Fiat Duna y a un Susuki Swift. De frente venía un Colectivo haciendo luces y tocando bocina: un sonido ronco, parecía un barco de quinientas mil toneladas. Pero con todo ese ruido, igual Esteban iba por más. Necesitaba pasar una camioneta F-100 que alentaba el tráfico y humeaba como un incendio. Pero no había lugar. Simplemente no entraba el colectivo, nosotros y la camioneta F-100 en el mismo espacio físico. A Esteban no le importó. Pisó el acelerador a fondo, pasó a tercera y se agarró al volante, levantando un poco el culo del asiento. Yo me agarré al cinturón de seguridad y al canto de la ventana. Se venía un choque frontal contra un colectivo rojo. Contando, 3, 2, 1.

Entonces sucedió el milagro. Fue una sincronización perfecta entre tres objetos en movimiento. El colectivero que se había mostrado empacadísimo en su decisión de hacernos volver a nuestro carril encerró a un auto que tenía a su derecha y liberó algo menos de medio carril, la camioneta F-100 pisó el freno y dejó un espacio adelante, un VW  Bora que iba en el carril del medio se metió en un hueco del carril lento. Esteban hizo tres volantazos, dos frenadas y metió la Traffic con precisión milimétrica de vuelta en nuestra mano. Me sentí muy aliviado pero no solamente aliviado. Era algo más, me sentí energizado, como si esa maniobra de riesgo me hubiera devuelto momentáneamente la emoción de la vida. Estaba así, rememorando todo cuando me di cuenta de que habíamos quedado justo atrás del taxista.

Esteban pegó la trompa de la Traffic a la cola del taxi, íbamos casi rozándolo. Llegué a ver como se transformaba la cara del tachero. Miró por el espejo y después metió la mano abajo del asiento del acompañante.

-    Cagón – dijo Estéban mirando al taxista.

¿Cagón? ¿Por qué cagón? Ahí me di cuenta de que el taxista había sacado del asiento un fierro grueso, de unos cincuenta centímetros, con el mango forrado en cinta aisladora. Por mi parte me parecía que ya se había terminado la joda. Una cosa era una trompada y otra un loco con un fierro de medio metro. Porque un fierro te puede matar. Te pega en la cabeza y te mata instantáneamente. Se me aflojaron las piernas. La adrenalina empezó a actuar y me sentí como una cucharada de gelatina. Quería salir, quería bajar y correr. Yo no tenía nada que ver con esa camioneta ni con Esteban. Yo era un Ingeniero en Sistemas. Yo sabía resolver problemas abstractos, sabía optimizar consultas SQL, sabía negociar con CTO y COO y CEOS y con todas las siglas de la empresa. Yo necesitaba volver a mi vida.

Entonces el semáforo pasó de verde a amarillo y después a rojo. Necesitaba otro milagro, necesitaba que se pusiera verde y que Esteban pegara dos o tres volantazos para sacarnos de ahí pero eso no iba a suceder. Esteban no estaba preocupado por el fierro, por su vida ni mucho menos por mi vida. Los autos de adelante frenaron gradualmente, civilizadamente. Uno, otro, otro, el taxi y nosotros, bien chupados. El paragolpes de la Traffic quedó tocando la cola del taxi. Esteban puso el freno de mano, abrió la puerta y pegó un saltito. El taxista puso el freno de mano y salió del taxi con la punta del fierro para abajo. Hacía pequeños movimientos, circulitos hipnóticos. Estaban a dos metros de distancia. Si el tachero daba un paso podía pegarle con el fierro en la cabeza. Me imaginé la ambulancia, la policía. Esteban entonces se sacó el buzo polar de la cintura, lo enrolló en la mano izquierda y se fue acercando. Uno, dos pasos. El tachero no entendía nada. Dio dos pasos para atrás. Pero entonces se ve que pensó “Mierda, yo tengo el fierro” y trató de recuperar los pasos. El tachero levantó el fierro y cuando quiso descargar todo el peso sobre la cabeza de Esteban se encontró con el brazo cubierto en el buzo polar a medio camino. Fue un golpe violento amortiguado hasta la gracia. Esteban dio otro paso y le cortó más la distancia. Ahí nomás soltó el Polar, lo agarró de la nuca, lo inclinó un poco y le dio una trompada, que parecía no ser la trompada más enérgica, la más descontrolada. Fue apenas una trompada certera. Un golpe calculado, meditado, un golpe con la fuerza justa, en el lugar justo. Y ahora el ruido. Porque a diferencia de las películas, en la vida real una trompada no suena con una explosión, o con un crac o un paf. Es un ruido sordo. Me quedé esperando, como en esos recitales, donde se ve el palillo que pega en el redoblante y el sonido llega mucho después. Claro que el sonido nunca llegó y la cabeza del taxista se sacudió y empezó a liberar sangre descontrolada. En un instante tenía la garganta empapada y la camisa oscurecida por la sangre. El taxista trató de pegar otra vez con el fierro pero estaba muy cerca. No tenía lugar para tomar impulso. Esteban lo dobló de un rodillazo y después lo acompañó, despacio, para enderezarlo. Cuando lo tuvo a la distancia justa le metió un sacudón, una mano que salió de la nada, que apareció desde otra dimensión, fue un borrón de mano. Esta vez el ruido pareció un trapo mojado golpeando una pared. Blam y el taxista que daba tres pasos para atrás y caía con el fierro en la mano. Ese fierro encintado que ahora no daba miedo, era un pedazo de metal bobo, muerto. Esteban se quedó mirando, de costado, midiendo el efecto de su golpe. Cuando estuvo seguro de que el taxista no iba a poder levantarse se puso el polar en la cintura y subió a la Traffic. En la esquina dobló y tomó por una paralela. Ahí encendió la radio. Parecía contento. Parecía haberse olvidado de mí absolutamente.

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3 Responses to “Fragmento de una novela en curso”

  • Martín says:

    Hola Roni, soy Martín Doria tu colega del Premio Soriano. Te felicito por la novela, prometo comprar. Dale para adelante con el nuevo proyecto y no aflojés que el futuro es de los valientes.
    ¿Sabés algo de nuestro espaldarazo-estímulo-monetario que debería llegarnos desde las frías playas de Mardel? Un abrazo

  • Bandini says:

    Hola Martín,
    Asuntos como este, que involucran abultadas sumas de dinero, merecen ser tratados en privado. Lo único que puedo adelantarte por esta vía es que vayas cancelando el crucero por las islas griegas. Dicen que fuimos el centro de un cónclave y que se votó un “reconocimiento de deuda”, también conocido como “bicicleteo”

  • Martín says:

    Me da la misma sensación, Roni. Me imagino también a dos políticos salientes de la Muni mirando tres cheques: Che, sobraron estos tres, ¿qué hacemos? Cabaruteeeeeeee

    Éxitos con el libro…

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