
El viaje fue tranquilo dejando de lado que el vuelo iba lleno y que el tipo de atrás tocaba la pantalla touchscreen como si fueran los botones de un radiograbador y me sacudía el respaldo y el respaldo me sacudía la cabeza. Lo miré, una, dos, tres veces pero el tipo no pudo conectar mi mirada con nada en particular y hubiera tenido que pelearme pero ya me había tomado 15mg de Valium y estaban empezando a surtir efecto.
Ni bien terminé el flan le dije buenas noches a la azafata más joven, me puse los antifaces y palmé. De fondo me pareció sentir que alguien me sacudía el asiento pero ese ya no era mi problema. Me desperté igual, unas 10 o 15 veces pero la pastilla me volvía a dormir y así llegue a Dallas. Hice migraciones, agarré la valija y corrí para alcanzar la puerta del vuelo a San Francisco. El segundo vuelo duró unas tres horas y me tocó una rubia al lado. Era una de esas rubias que evidentemente habían sido muy guerreras en sus veinte pero que después pusieron la lívido en el trabajo. La rubia lividinaba unos informes en su notebook. Me vio que estaba medio perdido y me ofreció una clave gratis para conectarme a Internet. Encendí la Thinkpad y ahí estaba contestando los insultos de siempre en el blog, chateando por Google-Talk con Rama y mirando la Wifi cam que dejé en el estudio. Había algo increíble: por la ventana las montañas de New Mexico y por la pantalla todo mi mundo porteño. Le dije a la rubia, gracias, muchas gracias y ella pensó que volvían sus días pero no, eran gracias apenas.
Aterrizamos y me tomé el BART hasta la estación de la calle Powell y caminé dos cuadras hasta el Nikko Hotel. Era mi primera vez en una cadena japonesa y debo decir que es bastante parecido a cualquier otro 4 estrellas dejando de lado que no se entienden algunos carteles. La japo de la recepción me dio una habitación en el piso veinte con vista hacia algunos lugares interesantes como las ventanas del Parc 55, donde pude ver una mujer imprecisa que andaba en paños menores por el cuarto.
Me di una ducha y salí a comprar un celular prepago, necesitaba línea para cierta conversación que debía mantener al otro día con Clarisa, de la empresa que me había invitado a la conferencia. Compré un Motorola muy panchito en Radioshack y caminé un poco el Chinatown pero me había entrado un cansancio milenario así que volví al hotel. Recién eran las siete de la tarde. Aguanté una hora tratando de hackear el sistema de checkout desde el control remoto. No pude y me fui a dormir.
Ya saben este tema que tengo con el sueño. Duermo poco, cuando duermo y en general duermo mal. Resumiendo, a las 4AM estaba despabilado, mirando el techo. Son esas horas de tragedia que aprendí a soportar con pastillas o bien escribiendo. Esa vuelta me tocaba escribir. Corregí la novela nueva con la tele de fondo. Tome dos cafés bien cargados, me di una ducha y cuando dieron las ocho salí para la conferencia.
La empresa organizadora había sido uno de esos start-ups por los noventa que servía para pagar con una cuenta de email a un amigo. Uno de esos proyectos que podía haber terminado en el tacho a las dos semanas. Pero creció y creció y cómo… En la entrada había un escenario con cinco minas lindas vestidas de blanco y eran definitivamente lindas para verse bien a la mañana, vestidas de blanco. Tocaban chello y violines eléctricos. Me gustó, me gustó tanto que pensé en contratarlas para todas las mañanas. Una me saludó. Yo sabía que era su trabajo pero me gustó igual. Me acredité y me dieron una bolsa con las pelotudeces de cualquier conferencia. Pase a la sección desayuno. Era una de esas cosas que nunca funcionarían en Argentina: heladeras llenas de bebidas, mesas y mesas con donuts, scons, cupcakes, yogur y frutas. Me serví el famoso desayuno continental y después le agregue un donut/nutella y un energizante.
Ahí pase al escenario principal. Entró el gerente de no sé qué con música hip hop, agitaba los brazos, parecía una celebridad. Sus subordinados gritaban y festejaban los chistes. Había una sección reservada para bloggers. Increíble, era toda una fila, una muy buena fila llena de bolunabos 2.0

Después vino el jefe del jefe y el jefe ultra capo del jefe. Leían sus discursos en una pantallita y se notaba y no tenía ninguna naturalidad. Básicamente dormité pensando en mis cosas, en darle salida definitivamente a la chica de veinte, en esa nueva editorial irreverente pero de repente volví a la realidad, los gritos y aullidos ya no eran solo de los subordinados, al lado mío un gordito deliraba y estaba todo colorado por los gritos.”Qué pasa, qué pasa” le pregunté y me dijo que le iban a regalar una netbook a cada asistente. Macanudo.
Terminó la presentación y empezaban las sesiones de codificación sobre la nueva API y las conferencias. Mire el schedule y no me interesó nada en particular así que me fui al sector de esparcimiento y me puse a jugar con mi arcade preferido de los ochenta, el Spy Hunter. Al rato fui a buscar la netbook que me correspondía, una ASUS EEPC con Windows preinstalado y después le mande un mensaje de texto a Mandy. Le dije que esa noche estaba libre y que la esperaba en el hotel a las ocho. Mandy dijo que ok pero al rato llamó. Quería saber por qué ahora estaba dispuesto a verla cuando en su momento la había ignorado días y semanas. Mencionó algo de histeria masculina pero yo soy de Floresta y no existe tal cosa en Floresta.

La cosa con Mandy había sido así: un tiempo atrás, ella estaba de visita en Buenos Aires y se me había presentado como una interesante mezcla de surfer-escritora de California. La cogí sobre el sillón e inmediatamente después se levantó y estaba toda encorvada y miraba con cara de un corderito a punto de ser atropellado y me preguntaba con la voz desvariada “Me vas a llamar mañana? Porque si no me vas a llamar mañana es mejor que me lo digas ahora” Y caminaba por ahí, desnuda, con el culo blanquecino sin gracia. Yo ya había tenido algunos incidentes Glen-Closescos en el pasado y fueron muy desagradables así que cuando pude dirigirla hacia la puerta prometí no abrirla más.
Claro que yo nunca cumplo mis promesas y por eso la estaba llamando. Igual no le dije mis verdaderos motivos. El secreto con las mujeres es esconder los motivos, que ellas de cualquier manera conocen. Es un asunto de formas. Obvié su pregunta, le dije que la esperaba a las ocho y volví a jugar al Spy Hunter y entonces me entró un llamado y pensé que era otra vez Mandy pero era Clarisa de la conferencia. Quería conocerme y tenía una sorpresa. Yo odio las sorpresas. Nos encontramos en el salón Xcelence y resulto ser una rubiecita de Arkansas muy probable. La sorpresa era una presentación pública con la audiencia y ciertos gerentes. Me aplaudieron por aquello de antes, esa aplicación open source que me suele poner del lado de los guru-altruistas cuando en realidad en aquel entonces yo estaba muy aburrido como para dedicar más tiempo a proteger el código. Por eso lo había distribuido open source.
Saludé, dije algunas palabras sin mucho sentido y me fui de ahí apenas pude. A la hora del almuerzo aparecieron mozos, mozos, mas mozos y miles de mesas con variedades de pizzas, sándwiches, frutas, bebidas, energizantes, jugos, postres, barras de cereales, chupetines, M&M, todo de todo. Me serví una porción de pizza y un sparkling water y al rato empezó a sonar el teléfono. Era Mandy. Preguntaba qué tipo de ropa necesitaba para la noche. Le dije que tenía que venir toda de blanco. Corté.
Circulé por el lugar y me crucé con Clarisa y estuvimos charlando un rato de temas que podían parecer importantes pero que pierden relevancia cuando hay un incendio. Un chino se acercó por el costado y lanzó el 99% del almuerzo en un tacho de basura. Lo lanzó con ruido. Se fue y a los cinco minutos regresó al mismo tacho y volvió a lanzar. Asqueroso. Solo vi una sola cosa más asquerosa que esa y sucedió en los límites de Paris (lo voy a contar en privado, first come first serve) Seguimos hablando con Clarisa y sus posibilidades eran más ilimitadas que nunca. Me contó que había una fiesta de la empresa a la noche y que cuando terminaba la ultima charla salíamos para un lugar llamado The Galleria. Le pregunté si iba a ir vestida de blanco. Se río y como vio que iba en serio me dijo que iba a tratar de conseguirse algo.
A eso de las cinco volví al hotel, me di una ducha, me puse un jean gastado y un sweater negro y salí para la conferencia. El celular sonaba, era Mandy, que estaba en el hotel esperando. Le dije que había cambio de planes y que nos encontrábamos en el Civic Center.
En el Civic Center no quedaba nadie. En una de las salidas habían montado un esquema de cadena humana hasta The Galleria, a tres cuadras de distancia. Caminé las tres cuadras y me recibieron con cocktails y vinos y manjares étnicos. Clarisa estaba vestida de blanco y no le quedaba mal, las promesas estaban más cerca. Un grupo estilo Stomp se puso a tocar y un tipo hizo una performance de pinturas con las manos. Clarisa aplaudía y sonreía y me miraba. El pintor se mandó un Einstein muy bueno y un Dart Vader no tan bueno.
El celular empezó a sonar. Era Mandy. Estaba en el Civic Center, algo enojada. Le pasé las nuevas coordenadas y apague el teléfono. Media hora más tarde estaban llamando por los micrófonos, que había una Mandy tal y tal en la entrada. Fui con Clarisa hasta la puerta. Las dos estaban vestidas de blanco. De repente, con las dos juntas, ninguna se veía demasiado bien. Mandy era una espigada sin gracia y Clarisa era una provinciana vestida con ropa prestada. Clarisa se enojo. La dejó pasar a la fiesta pero después se escondía por ahí, haciéndose la ofendida. Mandy también estaba ofendida pero en vistas a que no tenía competencia quería seguir con lo que había empezado, lo que había continuado mas bien. A toda costa quería ir para el hotel. Yo me imaginaba el después. Ella ahí tirada como un bofe y yo en su país, con sus reglas, intentando convencerla de retirarse. Me imaginaba a la policía, a esos tipos de Cops llevándome preso “Usted sabe que en EEUU es delito arrojar a una ciudadana vestida de blanco por las escaleras”. Además ya sabía que no iba a acabar. Últimamente estoy muy selectivo con eso. Es como un privilegio que no se merece una psycho disfrazada de fantasmita. Me escapé, literalmente, dije que iba al baño y me tomé un taxi y volví al hotel. Sabía que ella nunca iba a poder localizar el número de cuarto.
Ventajas de escribir con seudónimo.

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Debajo, los preferidos de las chicas tatuadas:




¿Por qué no regalan netbooks en los Congresos de Sociología a los que soy invitada? Eso sí, tengo bolígrafos pedorros a morir.