
Cajas de Trojans
Seguí viajando a Camboriú todos los años, a veces Diciembre y Enero para ahogarme en la multitud de brasileras vestidas de blanco por reveillao, otras Febrero por la locura del carnaval. Me causa mucha gracia que los extremistas musulmanes les prometan siete vírgenes a cada suicida en lugar de una visita al Camboriú del 92.
Ese año vino de visita mi amigo Rama, alquiló un auto y salimos al centro. Entramos a un bar y caminamos entre las mesas. Mientras paneaba el sector izquierdo sentí que me tocaban el hombro. Me di vuelta, una treintañera de rulos, normal. Me dijo que yo le gustaba mucho, que me había visto entrar y que no se qué y no sé cuánto. No iba a perder toda la noche con ella, no iba a perder ni quince minutos. Menos de quince podía ser. Sin mirarla, le dije que estaba de paso, que me volvía para Argentina esa misma noche y que me quería llevar un lindo recuerdo del sur de Brasil. Miró a las amigas, me miró, agarró la cartera y salimos. Arranqué el auto, me metí en la primera calle perpendicular y a media cuadra encontré un terreno baldío. Las ramas, el pasto y la maleza tapaban el auto. Me puse un Trojan y sacudí la carrocería todo lo que duró la canción Flores do Mal de Barao Vermelho. Después me levanté los pantalones. La rulosa estaba enojada, decía que los hombres brasileros aguantaban una hora, dos horas seguidas. Enojada era bastante fea. A los diez minutos estaba otra vez en el bar, bajó la rulosa, subió Rama y seguimos camino. En el segundo bar Rama se ganó a una rubiecita muy linda, pelo lacio, sonrisa compradora. Me dejó clavado una hora pero la rubia lo ameritaba. Seguimos camino. Fuimos a Baturité y probamos Primera-A-superior-categoría-modelo-si-pinta-me-caso. Era posible técnicamente pero el esfuerzo era sobrehumano, hablamos y hablamos para correrlas un centímetro de su entourage y después los mejores chistes, más charla para robarles un beso. A todo esto Rama se dio vuelta y se chocó con un tipo y le tiró el trago y el tipo ya venía marcando que éramos argentinos y que estábamos monopolizando primera-A-superior y no le gustó nada. Quería pelearse. Nosotros éramos peleadores pero no pelotudos. Sabíamos que en dos minutos íbamos a tener encima a 500 brasileros. Yo le dije que lo aguante, Rama entonces trató de razonar, después trató de plantear las reglas de una pelea justa, después le contó algo de la integración latinoamericana, yo a todo esto fui a arrancar el auto y cuando pasé, corrió los cien metros, saltó al auto y rajamos de ahí.
Cuando volvíamos de la punta vimos caminar a esta morochita en sandalias, mini y blusa. Estaba caminando por Avenida Brasil para el lado del Marambaia y no tenía ninguna actitud de levante. En Brasil esto no quería decir absolutamente nada. Rama bajó y le habló y subieron al auto. Le dijo que éramos medio hermanos y le contó anécdotas de Argentina y al rato miré por el espejo y le estaba comiendo la boca. Llegamos al Marambaia y Rama fue a manejar y yo fui atrás y le conté mi versión de esas mismas anécdotas. A todo esto Rama estacionó frente al departamento. No fue una enfiestada, fue un one-on-one serial. Empezó él con la piba y yo me tiré ahí a mirar, cada tanto encendía la tele y tomaba cachaca, después fui yo, él pasó al sector cachaca, después volvió él y yo miré el noticiero de Rede Globo y películas dobladas por Herbert Risert, ahí volví yo y liquidé la caja de Trojan. Ella se quería ir pero la situación era muy buena como para no hacer los bises. Agarré el pantalón, las llaves del auto y salí en cuero a buscar una farmacia. Salté las lomas de burro con el cuidado que merecía un auto alquilado, es decir estilo Duques de Hazzard y en una caída casi me llevo puesto a un pibe que esperaba el Bondindinho. La primera farmacia no tenía camisinhas, la segunda tampoco, encontré en la tercera y el empleado me dijo un precio ridículo, entendió que era una urgencia. Pagué con dólares y cuando tuve la cajita en la mano lo putee y él dio vuelta el mostrador con un machete. Rajé y me subí al auto y volví saltando las lomas de burro, todo transpirado. La piba estaba en el pasillo y Rama me dijo “Se va, no hay caso” Yo la agarré como a una bolsa de papas y la metí en el departamento. Ella gritaba, en joda supongo porque una vez adentro pedía posiciones y decía “Mais, mais” Ya era de madrugada cuando la dejamos en Avenida Brasil. Nos dio un beso en la mejilla a cada uno. Dijo “A gente se ve” y se fue caminando.
Llegué a la casa de mi viejo y cuando entré me estaba esperando la chica que limpiaba. Lloraba y temblaba. Me dijo que a mi viejo le habían pegado un tiro.
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Debajo, los preferidos de las chicas tatuadas:




Muy buen artículo! Aprendí mucho leyéndolo, te agradezco. Si te interesa, yo tengo un blog con mucha información sobre el Cabello Lacio.
Si tu hermana tiene cabello lacio puede que me interese.