Crónicas de Camboriú 9/?

Mujer Paulista con Tatuaje

Al año siguiente llegué a Camboriú un poco preocupado por encontrar todo diferente pero mi viejo estaba absolutamente recuperado, andando en moto, arreglando el techo, piropeando mujeres y me hizo ver  que la profundidad de las heridas es una decisión personal.

En uno de los departamentos de abajo estaba parando un pibe argentino, rubio de pelo largo. Se había fundido con un boliche cerca de Avenida Brasil y estaba liquidando su caja de CDs. Le compré algo de Pink Floyd y U2 y a la tardecita cuando estaba por salir, lo vi subiendo a una cupé Fuego y salimos juntos. En las treinta cuadras que hicimos hasta la punta se la pasó hablando de mujeres, que cómo le gustaban las mujeres, las cosas que había hecho con cuatro, cinco, seis mujeres a la vez, que se había fundido pero quién le quitaba lo garchado, etc, etc No le creí mucho pero pensé que igual iba a estar bien tener un compañero de salidas motorizado. Cuando pasamos frente a Baturité aparecieron dos mujeres de poster, esas mujeres que uno no sabe bien si está permitido tocarlas. Pero ahí estaban y se reían y nos miraban y le dije “Pará, pará” Estaban de su lado, el pibe clavó los frenos y bajó la ventanilla. Las chicas se acercaron y cuando estaba todo dado para esa charla relajada, ese diálogo sencillo de Brasil, simplemente hola-me-gustás-estamos-yendo-a-tal-lado, el pibe largó “Hola, ju, ju, vamos fazer un negozinho…” Llegué a pestañear y las chicas ya no estaban, habían desaparecido. Dimos unas vueltas por la zona y paramos a dos o tres grupos de chicas más pero siempre salía con el negozinho y se jodía el clima. No pudimos ganar nada en la calle y entramos a un boliche y ahí como la música estaba alta y no le escuchaban lo del negozinho conseguimos apretar a dos amiguitas de Curitiba. Volvimos a eso de las cuatro y el pibe estaba muy emocionado “Qué noche” decía y le pegaba al volante de la cupé Fuego. No me lo podía sacar de encima y era peor que la yeta, era la certeza de desaprovechar situaciones memorables por su idiotéz porque no era solamente el negozinho, tenía otras frases y todas ofendían a las mujeres, sin ir más lejos se comió dos cachetazos la misma hora.

Ahí estaba a la quinta noche de haber llegado, desesperado por tanta mujer desaprovechada, debían ser las nueve y ya le había dicho al rubio que no iba a salir, que me quedaba mirando la tele, que no me sentía bien. Entonces vino la novia de mi viejo y me golpeó la puerta de la pieza y apareció con una nena de 16 años, hermosa, pelo castaño lacio y perfumado, los labios rojos y la voz dulce. Me dijo que estaba alquilando abajo y que había venido con la familia y que le gustaba el rock. Tardé en reaccionar, no sabía si estaba soñando, si era una cámara oculta pero  la nena de 16 se sentó en mi cama así que agarré la guitarra y me puse a cantar los temas caza-bobas. Ella sonreía y cantaba alguna canción conmigo de Legiao, de Engenheiros y de Cazuza. Después le di un beso y cuando traté de sacarle la remera me dijo “Hoje nao” y no insistí, todo eso era muy raro, un delivery de nena-hermosa-irreal. Bajó las escaleras y me tiró un beso volador y los otros días no nos coincidieron los horarios, yo salía, ella entraba, ella entraba yo salía y al final se fue y nunca más la vi.

La semana siguiente me fui hasta la playa con una novela rusa bastante pesada y pasando la plaza Tamandaré vi a esta preciosura en minishort, cerré la novela y me puse a perseguirla sin otro propósito que desmitificar su belleza. Medía 1,70 y era una escultura de Rodin mejorada con una cola publicitaria y un tatuaje en la cintura. Ella se dio vuelta y me miró y se tropezó, entonces me dijo “Tua culpa” Me puse a la par y hablamos todo el camino hasta el Marambaia y toda la vuelta hasta la plaza y le compré un helado y tomamos helado y seguimos hablando y no podía hacer otra cosa que estar ahí con ella. Ni siquiera miraba otras mujeres, lo cual era muy difícil en Camboriú por aquel entonces. Se llamaba Simone Vieira Santána, era paulista, tenía 22 años y estaba en la universidad y la madre había muerto y el padre era medianamente alcohólico y el novio se drogaba. Sin ir más lejos ella se había escapado sola a Camboriú para perderlo, para respirar un poco “Ele e muito ciumento” Lo llamó desde un teléfono público y mirandome fijo le dijo que ya no quería verlo, después nos fuimos a comer y a tomar algo y a mi casa y me di cuenta, me voy, me voy, pensaba y me perdí en esa belleza, como un idiota, como el mismo pibe del primer viaje.  Pasé una semana con Simone, todos los minutos, todos los pensamientos y un día se fue y no me animé a seguirla. Nos despedimos en la Rodoviaria y yo volvía caminando por la Tercera Avenida, quebrado al medio, con la piel latiendo pero decidí no enloquecerme, decidí ser adulto, tomar eso como lo que había sido, seguí por inercia con mi vida, mis cosas, tomé Caipirinha y batidas, me levanté algunas chicas olvidables de Avenida Atlántica y así hasta que terminaron mis vacaciones.

Ella me llamó ese invierno desde San Pablo. Lloraba. Me preguntaba por qué yo nunca la había llamado. Me llamó también en Noviembre y me dijo que el padre había muerto y que se sentía muy sola. Me pedía que fuera a verla. La última vez que llamó le patinaban las palabras, me pidió plata prestada y me dijo que necesitaba esa plata porque sino el camino más fácil para ella era la noche, trabajar de noche, ya le habían ofrecido, ella no era una puta pero tenía deudas y qué podía hacer. Te necesito, me dijo y fue la única vez que me llegaron esas palabras. Le prometí que le iba a mandar la plata y que la iba a visitar pero no hice ninguna de las dos cosas y un día la olvidé. Mucho más tarde olvidé la culpa.

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