
Club Paradiso Canasvieiras
Había terminado los 500 tests del examen psicotécnico para mi primer trabajo en sistemas y se suponía que tenía que empezar en Diciembre. Ya había trabajado cargando cajas en una juguetería y de encargado en un local de ropa de mujer pero ese iba a ser mi primer trabajo importante, el que mi vieja iba a poder comentar con las amigas de tenis.
Entonces llamó Rama y me contó que estaba por viajar a Florianópolis para abrir una disco llamada Club Paradiso y me preguntó si lo podía acompañar, dijo que necesitaba ayuda con el portugués pero creo que necesitaba más bien una persona en quien confiar. Fue uno de esos momentos, sabía que estaba por hacer las cosas mal pero las tenía que hacer así de cualquier manera. Cargué el bolso verde, agarré la guitarra y me fui con Rama.
Sabía que Rama había estado trabajando en cosas grandes pero cuando llegamos igual me impresioné con esa terrible propiedad sobre el mar con habitaciones, balcones, salas, sótanos, rincones y una bajada majestuosa a la arena. La casera nos mostró dónde estaban las llaves de luz, el corte de agua y el cartel gigante que decía Club Paradiso – lo habían bajado por el viento -
Comimos unas pizzas y nos acostamos en la mejor habitación de la casa. Se escuchaban las olas rompiendo y la ventana no tenía cortinas así que entraba la luz de la noche. A eso de las cuatro escuché unos ruidos y me desperté. Rama no estaba. Lo había visto nervioso y pensé que andaría por la casa ordenando. Bajé dispuesto a darle una mano y lo encontré en la planta baja cabalgándose a la casera contra unos cajones de cerveza. Siempre estoy atento para ver qué se puede hacer, yo le digo optimismo, una psicóloga lo rotuló inseguridad y más tarde, cuando empezamos a salir culo-veo-culo-quiero. La cosa es que nunca se me hubiera ocurrido que la casera era una posibilidad. Debía tener 40 años para 48, era ideal para un casting de tías cosiendo a máquina. No digo que me pareció mal, al contrario, me pareció bien, muy creativo, como sacar agua de las piedras.
A la mañana siguiente estaba leyendo en el balcón y escuché que aplaudían. Era un aplauso insolente. Fui a ver y ahí estaban estos pibes con bolsos y gorritas y aros. Querían entrar. Decían que habían alquilado una barra. Yo no estaba al tanto de nada y Rama había salido así que los tuve esperando al sol unas dos horas. Ahí llegó Rama y los dejó pasar. Los pibes tenían la nuca colorada y estaban transpirados como cerdos. Se quejaron, que cómo puede ser, que ellos pagaron y que habían dicho que llegaban a tal hora. Yo seguí tocando la viola sobre la hamaca paraguaya. Después llegaron más pibes y más y la casa se llenó de una horda invasiva. Rama les había prometido un excelente negocio, alojamiento incluido, mujeres, mar y diversión. Resultó que la casa no tenía suficientes habitaciones para alojarlos a todos. Fuimos al centro a comprar colchones y había que verlos durmiendo como indocumentados africanos, usando de almohadas las chombitas Abercrombie.
Las obras de apertura avanzaban lentas, tan lentas que no parecía haber ningún progreso y los pibes que llegaron primero – yo los reconocía por el olor a AlivioSol – empezaron a organizar una especie de sindicato y venían con una lista de reclamos y los reclamos eran razonables pero Rama en seguida desarmaba la protesta con unos argumentos muy buenos. A los cinco minutos ya no eran tan buenos y los pibes volvían a refutarlos pero Rama puso esa regla de “1 día, 1 reunión” de modo que no podían hacer otra cosa que caminar por las instalaciones con cara de orto. Yo particularmente les daba mucha bronca. No sé si les jodía que estuviera ahí pero no formara parte de eso. Entonces los veía cargando mesas y me echaba en la hamaca paraguaya a leer el mismo libro de Schopenhauer y a fumar pipa.
Estábamos yendo a buscar el “Alvará municipal” – un permiso para abrir la disco que se tramitaba en una galería de tatuajes con un empleado recostado sobre una reposera fumando maconha – cuando Rama sacó el tema aquel del sindicato y me preguntó si no conocía a alguien de confianza para traer como Seguranca. Por aquel entonces yo practicaba Capoeira y el mestre se llamaba Cary y era un tipo con sus bemoles pero tenía mucha calle y por lo tanto mucho código. Además conmigo se había portado muy bien, me enseñó su arte y me entregó varias alumnas. A los dos días caminábamos por la casa con guardaespaldas. Claro que había tipos más grandotes, el de la barra al aire libre de hecho medía como dos metros pero nadie se metía con Cary. Tenía la mordida invertida y los ojos eran respiraderos del infierno. Había estado ahí. Todos lo sabían. No sé si para impresionar pero un día se sacó la remera y tenía todo el cuerpo quemado. Esas cosas impresionan. La gente debía imaginar que alguien lo había rociado en nafta para hacerlo confesar y el tipo estaba ahí así que evidentemente no había confesado. Tuve guardaespaldas dos veces en la vida y debo decir que es una linda sensación. Es mejor que tener un buen abogado. Los abogados son tipos muy calculadores, a las siete se van y nunca te meten en un taxi cuando estás vomitado.
A poco de la inauguración el DJ no había llegado, el cartel seguía volteado y enterrado en la arena, el Alvará no salía, los tapones saltaban cuando encendían dos lamparitas de 60 watts al mismo tiempo y por ende el sindicato estaba tramando colgar a un empresario de la noche, a un lector de Schopenhauer y al guardaespaldas capoeirista.
Con la casa hacinada y los ánimos caldeados Rama alquiló una casa panchita ahí a tres cuadras. Le decíamos “el refugio” y la idea era que los pibes del sindicato no supieran dónde estaba. Así que para hacer esas tres cuadras siempre dábamos un rodeo de 15 minutos. En la casa sobraba una cama y un amigo de Lanús de Rama andaba medio perdido y deprimido así que Rama le pagó el pasaje en micro y lo mandó a traer. Se llamaba Besarión y estudiaba en la UBA. Besarión dejaba cáscaras de naranja en el baño, tenía una mancha de tuco en la camisa y usaba mi toallón para limpiarse el culo pero me caía bien, cuando Rama desaparecía me quedaba charlando con él de libros, de aspectos curiosos de las cosas y las charlas podían seguir y seguir por horas. Además era bueno tener a alguien más de nuestro lado con eso del sindicato.
Lo que destrabó todo fue el cartel. Era necesario subirlo y como Rama no iba a contratar una grúa no quedó otra que sumar fuerzas. Todos los pibes del sindicato sumaron fuerzas y Cary se sacó la remera y puso a trabajar sus músculos que eran como cables de acero y ahí apareció Rama y tiraba y Besarión y la casera y el DJ recién llegado y era tan emocionante ver a todos ahí que largué el Schopenhauer y me sumé a la tarea pero como no quedaba lugar me puse a tirar de la punta. La mole de 25 metros se empezó a columpiar sobre la base y pegó un rebote y se paró. Yo estaba en la punta y de repente me empecé a elevar, dos, tres, cuatro, seis, ocho metros. Si algo no quería era quedar en la cima como un gato idiota esperando a los bomberos así que tras una breve deliberación con mis neuronas asustadas me tiré. Caí del otro lado de la cerca, sobre un médano de arena ceca y reboté estilo Parkour y salí disparado hacia la orilla. A pesar de la espectacularidad de la caída desde mi punto de vista no fue gran cosa, caí, reboté, me levanté, agarré las ojotas, me sacudí la arena y volví caminando. Aparecí a los cinco minutos comiendo un Milho con manteiga. Los pibes del sindicato me miraban asustados.
Inauguró Club Paradiso y resultó que una rubiecita hermosa que me había apretado en la esquina tras decirle “Hola hermosa” era la novia del DJ y cuando saltó el tema, que yo era amigo de Rama la rubiecita no me dio más bola y emborraché con Cachaca mirando a la perrita bailar encima de un parlante. Besarión y yo estábamos en la entrada controlando, éramos la cara visible. La primera noche todo fue bien, la segunda noche un grupo de Paulistas querían tomar alcohol por el importe de la entrada y no entendían el concepto de “consumición mínima incluida” así que hubo trompadas y la policía. La tercera noche vino el maconhero del Alvará a pedir plata y Rama no le dio así que cayó una inspección y Rama decidió cortar la luz para evitar la devolución de la plata. La gente nos reclamaba a Besarión y a mí. Pestanee y Besarión no estaba. Otro pestañeó y yo estaba perdido entre la gente volviendo al refugio. A la cuarta noche vino poca gente y los pibes de las barras organizaron un cónclave destituyente. A la quinta noche me hice un sampler de blow jobs con tres chicas de la zona que no tenían plata para entrar, atajé a una morocha que venía rodando por las escaleras desmayada, me arrodillé frente a la novia del DJ, vomité Cachaca, Cary frenó a un tipo que quería pegarnos un sillazo y era una silla dura, de buena madera, encontré a un tipo con espasmos y espuma en la boca y lo metí en un reservado del baño para no asustar a la clientela y cuando vi venir la camioneta del tipo del Alvará rajamos con Besarión rumbo al refugio. Ahí comí los mejores fideos a la crema de mi vida (Besarión tras cocinar secó la mesada con mi toallón, el mismo que usaba para limpiarse el culo) Estábamos tomando una caipirinha sentados en el cordón de la vereda cuando vi pasar a uno de los pibes del sindicato. El hizo que no nos vio pero me di cuenta que nos había visto. Le dije a Besarión que me iba a acostar un rato, junté mis cosas en el bolso verde, agarré la guitarra y me escapé por la ventana. Me tomé un taxi hasta la rodoviaria y ahí un micro hasta Camboriú.
Mientras pescaba con mi viejo pensaba en los chicos, en Rama y en Besarión y en Cary y esperaba que hubieran podido salir bien de ahí.
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Debajo, los preferidos de las chicas tatuadas:



