Candozia no parecía molestarse cuando era obvio que yo me estaba moviendo a las huéspedes del Resort. Casi casi podría decir que lo promovía. Para mí funcionaba como un incentivo más, no me pagaban la obra social pero tenía ese asunto de las mujeres y creo que más de uno preferiría un pedazo de culo antes que un reintegro en farmácias. Además creo que para las huéspedes se trataba de un servicio extra del hotel, tuve mis noches malas pero en general se iban contentas. Algunas mujeres volvían al año siguiente y esto era bueno para Candozia. Mientras no hubiera escándalo el esquema nos servía a los dos.
Para evitar los problemas yo me limitaba a elegir una huésped cada quince días, así no se cruzaban. Muy cada tanto la veía a Sabrinita y a una de las hijas de Guzmán, la menor, muy menor pero ese era otro tema.
Entre los quince y los veinticinco fui muy mujeriego. Hacia lo imposible por conseguir mujeres. Con mucho esfuerzo lograba convencer a casi todas las mujeres que ponía en la mira. No tenía casa propia, no tenía auto ni plata, me arreglaba con discursos largos y simulaciones tipo Royal Caribean. Tampoco tenía principios, era una especie de mercenario. Una vez estaba de gira con la banda de música en la costa y quería acostarme con una petisita bocona que le decían el Kohinoor. Por el apodo ni es necesario explicar que no fue una de mis mejores conquistas. La fui a buscar a su casa y justo habían llegado unos amigos Rugbiers, una especie de nuevos Tacuaras. Se divertían contando chistes antisemitas en ronda. Me tocó contar cinco chistes antes de que se fueran y desde luego el Kohinoor comprobó mi escala de valores más entrada la noche, al palpar tímidamente la oscuridad.
A los veinticinco empecé a perder un poco el interés por el folclore de la seducción. A partir de entonces solo dormí con mujeres que se sentían atraídas por mis silencios o por mis canciones. Estando en el hotel ni tenía que preocuparme por el asunto, Trotsky me conseguía las mujeres y el clima hacía el resto. Las mujeres que traía Trotsky eran estilizadas y divertidas. Les hablaba de mí con exageraciones “Bandini gran músico” “Bandini se hace el duro pero es buen tipo” “Bandini, mi mejor amigo” “Bandini rescató a un tipo que se estaba electrocutando (aunque después murió)”. Con semejante introducción yo me limitaba a decir algunas estupideces genéricas seudo místicas y de ahí ibamos directo a la posada.
Trotsky tenía un excelente ojo para las mujeres que conseguía. Nos tocaron pocas mujeres problemáticas. En general eran polvos excelentes, me dejaban cartas cursis y se iban en silencio.
Si alguna de las mujeres presentaba dificultades, mi estrategia era aprovecharme de aspectos débiles en su personalidad. La gente se encuentra más vulnerable en vacaciones. Son tiempos de replanteos, de reflexión donde se perciben todas las cosas hechas sin ganas y a menudo las mujeres piensan que un polvo veraniego y el bronceado son suficientes para decidirse a cambiar. Claro que después regresan a su país, se sientan en un escritorio con vista a una pared de ladrillos o a un cuadro con colores chillones, se reconcilian con sus parejas y asisten al inevitable regreso a la normalidad pero eso ya corre por cuenta de ellas. Mi parte terminaba en lo del polvo veraniego.
Una tarde me encontraba en el muelle de Jonte y Bermudez – no le puse yo ese nombre, claro – repasando las letras de unos temas nuevos cuando vi llegar a Trotsky, a su lado venia una chica alta y muy sexual. No recuerdo su nombre, siempre le dijimos Boomerang. Tenía diecinueve años, era carioca y hablaba seductoramente aunque para mí era suficiente con el espacio que mostraba entre el pantalón de tela de avión tiro bajo y el top: piercing, un tatuaje y la marca de la bikini. Siempre fui un tipo de pequeños detalles.
Trotsky le había dicho que yo era especialista en música brasileña. La verdad es que siempre confundí el MPB con el PVC y jamás pude memorizar una Bossa Nova entera. En realidad era un especialista en Renatto Russo, el cantante del grupo Legiâo Urbana, muerto de Sida. Sus canciones eran sufridas y melancólicas y sus letras eran pequeñas obras de arte. Mi forma de componer y de cantar por muchos años estuvo bastante influenciada por Renatto Russo. Además era barítono, como yo y teníamos un timbre sonoro parecido.
Cante Eu Sei, Indios y Pais e Filhos. Ella se emocionó hasta las lágrimas. Esos temas le hacían acordar a un novio muerto en un morro de Río de Janeiro.
La llevé a la posada un par de noches y después perdí el interés. Me cansó con la historia del novio muerto. Ya deseaba que ella hubiera subido también al morro.
Muchas veces lamenté cuando las cosas viraban en esa dirección con las mujeres pero las relaciones humanas son una cuestión de medidas. Para ella un par de noches en mi cama era suficiente para monologizarme con pijaditas necrológicas sentimentales. Quizás, de haber estado más tiempo con ella, eso mismo me hubiera conmovido pero en esas condiciones me produjo instintos asesinos, rechazo y muchas ganas de teletransportarme. Cada vez que recomenzaba con lo de Joâo yo agarraba la guitarra y practicaba ejercicios de digitación de Fripp. El murmullo de las cuerdas sin amplificar era bastante parecido a la forma de hablar de Boomerang. Bla, bla… Joâo esto Joâo aquello… lágrimas… Joâo aquello otro… nâo vai pra o morro… Joa… Joâo bla, bla
Boomerang probó de todo en los pocos días que le quedaban: indiferencia, agresión, celos, causa común con otras huéspedes, causa común con Trotsky , causa común con Suberbüller, intimidación, llanto desconsolado con la foto de Joâo frente a mi puerta, amenaza de contar que la había violado y otras cosas que ya ni recuerdo.
Candozia me dio un sermón de cuatro horas casi peor que la historia de Joâo muerto en el morro, cuando terminó ni me acordaba cómo me llamaba o qué estaba haciendo en ese Resort perdido en el fin del mundo.
El día de la partida de Boomerang esperábamos un gran escándalo pero vino dócil y temerosa como un perrito abandonado y me regaló un boomerang de madera con una esquela que decía “te perdono, Bandini, pero no olvides tu karma”
Fuimos con Trotsky a la playa. Tiré el boomerang y cayó unos metros adelante. Lo tomé del otro lado, lo tiré en posición vertical y salió disparado, se elevó varios metros y cayó a toda velocidad sobre la pierna de Trotsky dejándole un horrible corte moretonado.
Mi karma fue a parar a Trotsky. Lindo simbolismo. Usamos el boomerang para encender el fuego de un asadito celebrado en ocasión del cumpleaños del Culón Moretti, quien nos deleito con un tema suyo, con campanitas y todo. El asado estuvo muy bien. Mi karma prendió mejor que una briqueta.
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Debajo, los preferidos de las chicas tatuadas:




ei amigo esta novela tiene 7 capitulos nada mas ? porq necesito una para la escuela qe tenga 7 capitulos nada mas
espero tu respuesta ;)
Amigo, esta novela no te va a servir para la escuela, le sobran como 12 capítulos y muchas palabras indecentes.