Capítulo 11 de Las Luces a Través Del Humo

Al menos, el aroma del asado justificaba la locura de atravesar la General Paz. Saludos, vino tinto, un poco de frío al aire libre, “nunca como morcilla”, Eli un tanto arruinada y desgraciada, pan tostado y provoleta, más vino. Armando recomendaba un libro de Quiroga, “El Bukowski Argentino” (?). Sacaron una guitarra criolla y empezó toda la lista, por sobre todo Seminare, canción pilar de esas reuniones. A Bandini le gustaban fragmentos de la letra. No la forma pero si la sustancia. La manera en que estaban plasmados algunos aspectos femeninos como el exitismo, la frivolidad, la inconformidad, la inseguridad. Tomó más vino y hasta llegó a sentir que la estaba pasando bien a pesar de encontrarse tan lejos de Capital y de algo que le recordara a Camille.

- Que linda es esa canción, ¿Qué dice la letra?.
- Eli, ya te dije que el Inglés es fundamental – Contestó Armando.
- Ya se pero no tengo facilidad como vos para los idiomas.

( “So you think you can tell”)
- Tú crees que puedes sentir.
(“Heaven from hell”)
- Cielo del hielo.
(“Blue sky some pain”)
- Algunos esquíes dolorosos.
(“Can you tell a green field”)
- A ver field… field… es fino, eso mismo fino, ves un campo fino
- Gracias Armando, es una canción muy linda.

Armando lo acercó con el auto hasta Granaderos y Avellaneda. Del otro lado de la vía. “Por si me agarra, viste”. Mientras tanto se quejaba de Eli. Que estaba cansado de hacerle de traductor y que la culpa era de los padres por no haber mandado a estudiar inglés. Bandini bajó del auto. Su piloto se desplazaba lentamente, casi rozando las paredes. De lejos vio como se acercaba un individuo zigzaguente, intentando una intimidación visual. Era de esperar que le pidiera plata pero sólo llevaba un diapasón 440. Claro que el reloj de seis agujas era más valioso pero no había margen para negociar. Hacía frío y Bandini se estaba cansando de hacer el papel de la víctima asustada. Se desprendió el reloj y lo dejó caer al piso. Parecía una película barata de Hollywood, el individuo se había agachado a agarrarlo, hipnotizado por el brillo, pensando en canjearlo, en reducirlo. El primer golpe fue un rodillazo en la nariz. Luego siguieron un par de codazos y una patada frontal en la oreja. Bandini estaba por agacharse a recuperar el reloj cuando sintió un movimiento de sombras detrás. Le pegaron con algo duro, una manopla o un fierro. Y no pudieron seguir porque justo pasó un colectivo. De tímidos nomás. Bandini esperó unos minutos hasta que dejaron de escucharse los pasos apurados. Se sentó con la espalda apoyada en la pared y trató de ponerse el reloj. La correa estaba rota. No tenía ganas de ir hasta la guardia pero las heridas necesitaban algún curativo.

Marín, llegó a su casa con dos botellas de Champagne demi-sec. Media botella para desinfectar las heridas, el resto para tomar del pico. Hablaron entre trago y trago con anécdotas breves pero substanciales. Por primera vez habló de Camille. Marín podía tener muchos defectos pero sabía escuchar.

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4 Responses to “Capítulo 11 de Las Luces a Través Del Humo”

  • Anonimo says:

    en parte mantiene un acierto de realismo,por su parte autobiografica, pero deberia mejorar el lenguaje, ya que los modernismos preformados en otras zonas de america del sur especialmente suelen ser mal entendidos, debe administrar con mas racionalidad la parte poetica esgrimida por el autor, no e para que te arreches solo que eso te ayuda a mejorar, escribeme david (dez.)

  • Anonimo says:

    creo haber leido un fragmento de un libro de autoayuda, aunque auizas sea un escrito de autoyuda, es decir escribes para no perder la fe en ti mismo…eso es valido tambien. me gusta mucho

  • Anonimo says:

    esta super es fabulosa. Karen

  • Martiniano says:

    Dicen que algunas cosas no se prestan. Pero ahí estaba yo, parado en la puerta de la casa de esa chica que estaba haciendo que la noche -esa noche- sea mágica. Recién la conocía. Encuentro casual en el cumpleaños de un amigo. Yo tenía encima la novela “Las luces…” que ese mismo día había terminado de leer, con una extraña sensación que a veces suelen dejar los buenos libros. Necesitaba asegurarme de ver otra vez a esa mujer. Por supuesto salió el tema del libro. “Me lo prestás”, “Dale, y dame tu teléfono para contarme que te pareció”. Fue un riesgo. Lo sé. Pero de esos que hay que saber tomar.
    El libro, desde hace nueve años, ocupa un lugar privilegiado en nuestra biblioteca. Valió la pena.

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